Diarios de Odiel. 2. El Olimpo.

En aquellos años en los que el mundo era más pequeño; en los que te asomabas a las estrellas del fútbol español una vez en semana, y a las del fútbol extranjero cuando salían los cromos de Panini del mundial o la Eurocopa, en Huelva había un par de nombres que sonaban a goles. Eran dos, pero se decían y se leían como uno solo; como si fueran una sola persona; como Ramón y Cajal, Ortega y Gasset… así sonaba Luzardo y Alzugaray. Ya era yo consciente de lo que significaba que tu equipo estuviese en segunda división cuando me asomaba a ver al Recre. El aspecto pequeño y preHilsborough  del estadio Municipal por aquellos años y nuestro equipo en segunda no aguantaban la comparación con los grandes clubes que salían por la tele. Hasta que rodaba el balón; y es que en mi liga personal el Recre siempre ganaba, y jugaba sorpresivamente mejor que el rival.

Nunca me los encontré por la calle, nunca les pude dar la mano. Pertenecían al campo. Salían del túnel de vestuarios cerca del córner y volvían a desaparecer por él hasta la siguiente vez. Para ver a los Dioses había que ir al Olimpo. Eso les daba un aura especial. Vivían allí, en ese lugar imaginario bajo tierra llamado “vestuarios”.

No estaba pendiente de las clasificaciones, ni de lo que ocurría cuando jugábamos fuera de casa. Solo me interesaba el equipo cuando iba a verlo jugar. El partido era una competición entera en sí. ¿No bastaba con enfrentarse a equipos que venían de lejos para que aquel evento fuese lo más importante que ocurría desde hacía más de una semana en la ciudad? Nuestros héroes saltaban al campo, y sus camisetas de nuevo brillaban, el balón blanco era como una estrella, botaba en aquella extraña superficie como si estuviese en otro planeta,  muy lejos de los botes de los balones de nuestros partidos de infancia en la calle; al ritmo de las palmas de los espectadores iba y venía de una banda a otra y al centro, de repente una pared en la banda rompía el ritmo del partido; llegaba la hora de Luzardo y Alzugaray. El balón parecía esponjoso en los pies del primero, y se transformaba en una bala de cañón en los del segundo. ¡Bum! Salía rozando la escuadra. La primera jugada terminaba. El Recre era el mejor equipo del mundo, y yo era feliz.

Hay una característica que es común a todos los héroes; un rasgo necesario, imprescindible, sin el cual dejan de serlo: Cualquier ataque a su “divinidad” produce un dolor muy intenso en sus adoradores. La infancia tiene una capacidad asombrosa para convertir a esos héroes en seres mágicos, impolutos y propietarios de las mejores cualidades que puede soportar un ser humano. Es un proceso curioso, con varias etapas, y que irremediablemente debe pasar por la etapa de esquematización. En el caso del fútbol es un tema estético. El joven aficionado introduce al jugador en cuestión en la maquina de esquematizar, una caja negra de la que sale como una imagen, una camiseta con un número, una cara, una selección de las mejores jugadas. El cerebro lo limpia inconscientemente de cualquier aspecto negativo, incluso puede que ni siquiera detecte nada negativo en esa etapa incipiente de transformación. Acto seguido, esa imagen -un jugador seleccionado para pasar por ese proceso por un simple comentario de tu padre, o de un comentarista, o un párrafo en una crónica, una foto en un periódico o una revista- da igual, esa imagen digo, está preparada para empezar a ser vestida de experiencias. Lo seguimos con más atención, y lo vamos rellenando con los ornamentos y detalles que le van a dar la realidad necesaria para que, por fin, sea un ídolo y entre en nuestro Olimpo personal.

Puede decirse que uno da los primeros pasos hacia la madurez cuando aprende a convivir con las imperfecciones de sus ídolos, cuando no se le hace un nudo en la garganta al oír críticas, e incluso esas imperfecciones se acaban convirtiendo en elementos característicos, identificativos de esa persona que en la infancia nos parecía perfecta. Para mí, ese proceso se inició con uno de aquellos dos superhéroes del Recre, mi favorito, Luzardo. Fue una tarde de mayo en Huelva, aquel día descubrí que era una persona normal.

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Diarios de Odiel. 1.Punto de partida.

Mi vida transcurre entre libros; o al menos transcurría y espero que lo siga haciendo en el futuro. Soy traductor aficionado, tengo una pequeña librería en la calle Rico que me da para ir tirando, y me vuelve loco el fútbol. Si eres de Huelva y te vuelve loco el fútbol, no te queda más remedio que ser uno de esos masoquistas que nos acercamos al estadio del Recre cada dos domingos.

 

Podéis llamarme Odiel. Ese es mi nombre. Nunca me bautizaron, mis padres no eran de esos. Tampoco sé si en aquella época les hubiesen permitido ponerme ese nombre. O quizás deba decir, le hubiesen permitido, en singular, porque estoy convencido de que fue mi madre la autora. Los años de la transición daban para aquellos “despistes”. Vivir lejos de mis abuelos durante mis primeros meses, sin familia ni amigos a menos de doscientos kilómetros a la redonda, permitió un bautizo inventado. Para mis abuelos si lo estaba, y como ellos también sabían que con ese nombre no iban a ungirme los santos óleos (¿ungirme se dice? No lo tengo claro) el nombre con el que, para ellos, fui bautizado era Simón Odiel. Una mentira piadosa. Pero mi nombre es Odiel.

 

Mi abuelo siempre me llamó así. En el fondo le gustaba. No conozco a nadie más con ese nombre. Todo el mundo se giraba cuando me llamaba en voz alta, y aquello le gustaba. Sobre todo cuando lo hacía en el Estadio Municipal, cuando me llevaba a ver al Recre. No teníamos un sitio fijo. No éramos socios. Íbamos de vez en cuando, cinco o seis partidos cada temporada, a distintos lugares del estadio. Nunca a la tribuna. Me gustaba el gol sur, en la esquina de la izquierda. Entraba desde el nivel de la calle y veía la profundidad a la que estaba el terreno de juego; continuaba andando hasta que me perdía del campo de visión de mi abuelo: ¡Odiel! Y muchos se giraban para ver quien era el portador de aquel nombre tan familiar y extraño a la vez en aquella ciudad.

Las visitas al estadio con mi abuelo aparecían por sorpresa. De repente, una tarde de domingo cualquiera justo después de comer se levantaba de la siesta fugaz (dormía con cosas en la mano) y decía “nos vamos al fútbol”. Nunca me preguntó si quería ir. Al fútbol se va y ya está. Empezó a llevarme a una edad anterior a aquella en la que empecé a decidir las primeras cosas, así que continué yendo cada vez que él lo decidía porque, “al fútbol se va y ya está”. Simple. Aquellas visitas al Municipal se desarrollaban por generación espontánea. De hecho, mi abuelo, extrañamente, no era del Recre, él era del Español de Barcelona, aunque tampoco le hacía mucho caso a su equipo. No me preguntéis porqué. Nunca estuvo en Barcelona, ni tenía allí familia. A veces pienso que se lo inventó, porque tampoco lo vi seguir muy de cerca los resultados de los de “los cuatro gatos”. Solo puedo decir que era del Español porque el decía que era del Español. Lo cierto es que aquel Españolista (se dice así, ¿no?) sesentón y su nieto de ocho años con aquel extraño nombre aparecían un puñado de veces al año por las gradas donde se concentraba en los años ochenta el recreativismo. Se creó un vínculo muy especial entre nosotros y con el fútbol de telón de fondo. El Recre en aquella época ganaba casi todos los partidos a los que asistí. Con el Elche es el más antiguo del que tengo memoria. La equipación de aquel club se me quedó grabada (años más tarde leí a un escritor muy querido llamar absurda a aquella franja verde y me molestó, no por el Elche, sino por aquel recuerdo primero de fútbol. El fútbol son los recuerdos). Los nuestros vestían como siempre, solo recuerdo que las rayas verticales azules y blancas desaparecían al llegar a las mangas, que eran completamente blancas. Aquel blanco relucía de un modo especial cuando caía la noche y se encendían los focos del estadio, esa atmósfera del fútbol de noche en el Municipal era mágica. Como digo, el Recre solía ganar, o al menos así lo recuerdo. Era invencible cuando yo lo veía. Del resto de partidos en casa, cuando jugaba y estábamos en Huelva, me llegaba, empujado por el viento del este, las celebraciones de los goles, aunque no sentía especial emoción por ello. Nunca pensaba “me gustaría estar allí”, eso llegó más tarde.

El estadio olía a pipas y tabaco y a puros –me encanta ese olor mezclado- y me parece recordar que iba mucha gente al fútbol, y es que “al fútbol se va”. El vínculo con mi abuelo no tenía la misma intensidad en otros momentos. De hecho aquellos en los que también estábamos solos él y yo –en el huerto del pueblo, en la tasca de Sebastián comiendo patatas con sal, en el garaje mientras arreglaba su antiguo coche- nunca vieron una conversación sobre fútbol o sobre el Recre. Hablando del huerto, recordadme más adelante que os cuente la historia del miedo y mi abuelo.

 

La otra afición en la que el fútbol era intenso eran los partidos de chapas, y de eso mi abuelo no tenía ni idea. Mi primer equipo de chapas fue el Real Oviedo. Fue casualidad también. Hacíamos los equipos recortando las imágenes de los jugadores de los cromos de la colección de la liga. El primer equipo del que conseguí reunir 11 jugadores distintos fue el Oviedo. Creo recordar que uno de los jugadores era Boro, otro Rivas, un tal Blanco… no me llega a más la memoria. Había un par de sudamericanos, poco más recuerdo. Las tardes de chapas eran larguísimas. En el pueblo existían varios “estadios”. Losas de cemento perfectamente niveladas donde poder pintar con tiza un campo de fútbol. Eran como lijas para los pantalones (los parches en las rodillas estaban al orden del día). Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid,  Las Palmas, Cádiz, Athletic, Oviedo. Del Recre ni rastro.

 

Las chapas tenían su época del año,  igual que las canicas, el trompo, la lima, las carreras de monopatines (aquellos de plástico). Las chapas nunca aparecían en verano. La verdad es que siempre me he preguntado cual era el mecanismo que nos hacía cambiar de juego en las diferentes épocas del año. Había algunos que estaban claros -si llegaba el Mundial o la Eurocopa los tapones de casera de las selecciones medían sus fuerzas en los soportales del polígono en Huelva (siempre jugué con Italia, Paolo Rosi me dejó marcado; de hecho alargué sus internacionalidades más allá de lo que duraron en la vida real)- pero el resto de juegos, por más que trato de recordar por qué  cambiábamos de uno a otro, nada. Ahora detecto algunos cambios en los juegos de mi hijo de once años, motivados por una especie de marketing soterrado de empresas que fabrican trompos con nombres galácticos, hechos de plástico. Pero intento trasladar eso a aquellos días, y no me parece que tenga nada que ver. Trompos de madera, pintados por nosotros mismos, púas carniceras –jugábamos a romper el del contrario de un “puazo”- eran otros tiempos.

 

Mi evolución como seguidor del Recreativo de Huelva es muy curiosa. Desde las visitas al Municipal hasta hoy he pasado por muchas fases. Quizás el punto de inflexión más importante de todos, y el motivo por el que estoy aquí, fue un pequeño incidente en los puestos de libros de la Plaza Pérez Pastor de Punta Umbría. A mi mujer le desespera que me quede anclado en esos puestos junto a la ría. La plaza es de obligada visita las noches de entre semana de agosto. Cerveza, patatas fritas, bicicletas, patinetes veloces y felices en aquella superficie pulida, helados, y libros, muchos. El paseo siempre es de izquierda a derecha por aquel puesto larguísimo. La sección infantil y juvenil se mira, pero casi no disminuye la velocidad de crucero. Más adelante libros de adolescentes que rara vez te hacen parar (alguna vez un Sherlock disfrazado). El siguiente es un espacio baldío; una longitud de un metro y medio de puesto que no es más que eso, metro y medio. Allí residen las interpretaciones de los sueños, los intentos de best sellers (sus títulos les delatan), los libros de cocina árabe, o indú; autoayuda poco recomendable para la salud; significado de los nombres; yoga…  y de repente lo primero que nos interesa. Ya he sobrepasado a la primera mujer de las dos que atienden el puesto –no os la  puedo describir, solo he notado que estaba allí- y justo después de ella, traspasando una frontera más definida que la que forman las secciones anteriores, aparecen las colecciones que ha sacado algún periódico en el pasado. Biografías –“Yo, Claudio”, “Saladino”, “Churchill”, y rodeada por ellos “Cleopatra”. Ninguno mira a “Isadora Duncan”, solo Amelia desde la parte alta del fondo del grupo, y más allá, en la pared de enfrente, muy arriba, Ann Fisher. Está en un libro más grande, acompañada de otros de sus colegas. La parada es fructífera a veces, las menos. Y el viaje continúa. Libros de Bolsillo, pequeñas ediciones de gigantes, clásicos, teatro, poesía, Shakespeare bilingüe y, muy de vez en cuando, un tesoro desconocido. Fue el “Cuaderno Gris” el que me llevó hasta el descubrimiento. De nuevo una colección antigua de periódico, de El Mundo, creo recordar. Allí debía de estar aquella edición de “El Cuaderno Gris”. La pasta era celeste, con una barretina en la portada de la que salía el bocadillo de pensar de los comics. Al ver la colección en el puesto me lancé a buscarlo. En una parte del puesto alguien había borrado las fronteras entre la colección y otros libros. Allí algunos se apilaban, Solzhenitsin y su “Archipiélago Gulag” estaban soportados por “El Capital” y “La Hoguera de las vanidades”, y a partir de ahí un castillo que subía, como si alguien lo hubiese construido a posta. Sajárov, Roth y un libro de autoayuda en la misma planta; “ La guerra de los mundos”, de la misma colección, estaba apoyado en los textos de Álvaro Siza, y arriba del todo, semioculto por una pequeña edición de “El señor de las moscas” asomaba la barretina de Josep Pla. Aquel libro debía ser una pieza clave de la estructura. Nada más tocarlo el castillo se derrumbó con un estrépito sordo de páginas apretadas y tapas duras y blandas, y entonces apareció una portada con un balón de fútbol. Lo que me llamó la atención es que era uno de aquellos Tango Adidas de los mundiales. Aun recuerdo como olían (mi tía me trajo uno de Madrid en una de sus muchas y esperadas visitas a Huelva).

Casi instintivamente olvidé a Josep Pla. El pequeño libro del balón, de tapa blanda, con una edición pobre, tenía los rebordes algo gastados. El diseño de portada era muy básico; un fondo negro enmarcado por un borde rojo, casi marrón, y la figura de aquel balón en el centro. El nombre del autor en blanco, con una letra de impresión que imitaba a las de las antiguas máquinas de escribir (en casa había una Olivetti que nadie usaba ya), y el título en la parte alta, más grande y con la misma grafía. “La hierba bajo los adoquines”, de Alexander Redcore. La encuadernación era pobre, hojas finas y rugosas, poco más de cien pequeñas páginas, y la grafía volvía a recordar a las antiguas máquinas de escribir. Era de esos libros que permiten que los retuerzas y no se deshacen. No había rastro de la editorial en la portada. La contraportada tenía un pequeño texto en blanco, una sinopsis que finalizaba con una curiosa cita: “Más que suficiente, es demasiado”

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Mecanismos para la exigencia y la naturaleza del Trust

 

Siempre ha existido una visión de la afición como ente de “control” de lo que pasa en el Recreativo de Huelva que viene heredada de tiempos antiguos (no necesariamente mejores) en los que el propio club poseía mecanismos que permitían ese control (era eso, un club). Esa herencia nos ha llegado amputada, nos hemos quedado con la libertad de decir en las gradas lo que opinamos, pero hemos perdido –sin darnos cuenta- lo más importante: el marco regulatorio que nos permitía influir de verdad en el rumbo que tomaba el Decano.

 

Desde hace más de año y medio, el Trust trabaja, al amparo de la ley de sociedades de capital (desgraciadamente son estas las reglas del juego y a ellas nos adaptamos) para conseguir que poco a poco se articulen nuevos mecanismos –legales y reales- que permitan que el aficionado de a pie pueda ejercer un control y una fiscalización efectivos sobre lo que los administradores decidan en la gestión del “club”.

 

Ha sido la afición la que ha dado el primer empujón para sacar al Recre de una situación que, de no haberse arrostrado,  hubiese terminado con la desaparición. Lo novedoso es que esta vez la afición ha estado organizada, y ha sabido ver cuales debían ser las contrapartidas exigibles a cambio de la inversión de su dinero en la Sociedad Anónima Deportiva en la que convirtieron al Decano hace décadas. La campaña de salvación ha tenido una base legal sólida. La afición ha comprado deuda, ha respondido con su dinero, y ahora está en una posición que le permite negociar y plantear cuáles deben ser los mecanismos que le permitan, de un modo democrático, fiscalizar la gestión, proteger al club y proponer cambios para que estos se tengan en cuenta.

 

No se alcanzó el objetivo que hubiese permitido la devolución del club en su totalidad a los aficionados (horizonte al que no debemos renunciar y que nos permitirá seguir caminando), así que ahora nos toca maniobrar para que la llegada de un nuevo propietario a través de un concurso público no sea un proceso que nos deje de nuevo fuera, abocados a la pataleta en la grada, y a no volver a saber qué pasa en el interior de nuestro Decano. No repitamos errores.

 

Ese ha sido uno de los derechos que se ganaban participando en la campaña de salvación “Líberos del Decano”. No vamos a renunciar a ese derecho; lo vamos a reclamar. Primero porque sabemos que en su existencia está la clave de hacer un club diferente al resto (es interesante para el inversor que los lazos entre la sociedad anónima y la afición sean sólidos, los ingresos aumentan) y segundo porque es la naturaleza del Trust, es nuestro sino. Nacimos con el objetivo de conseguir que la afición tenga un papel lo más importante posible en la gestión del Real Club Recreativo de Huelva; si renunciásemos a ello, renunciaríamos a nosotros mismos. Diseñamos las campaña teniendo en cuenta el derecho societario, y debemos defender los derechos adquiridos tras una inversión realizada en el Decano por parte de la afición de más de 800 mil euros.

 

Es el momento de dar pasos reales. Permitir la victoria de la desgana y la superficialidad nos condenaría a otro verano como el anterior, y sinceramente, creo que no quedan más fuerzas para ello. La conexión del club con sus aficionados de un modo real y la apuesta por su participación darán dinero y estabilidad; aunque será un camino largo el que nos lleve hasta un Recre a salvo. No permitas que te digan que no puedes participar, porque te lo has ganado.

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Respeto

Lo que estamos viviendo estos días es la materialización en su más alto nivel de una máxima que ha impregnado la vida Recreativo de Huelva desde hace mucho. Es la prueba última de que la ruptura entre el Decano y su gente es más grande que nunca.

Han agarrado a nuestro club y lo han girado hasta colocarlo de espaldas al aficionado de a pie. Los grandes aspectos de nuestro Decano, esos que se deciden en el puente de mando, en el que hace años que ha acampado el Establishment, se gestionan ocultándoselos a la afición; atribuyéndole a esta unas supuestas brutalidad, torpeza, falta de preparación y  maleabilidad, características derivadas de la falta de madurez de la masa. El mensaje que mandan al aficionado es: no te preocupes, dedícate a ver fútbol que esto no es cosa tuya.

Ahora lo estamos viendo con el supuesto traspaso de poderes. Una operación cuya falta de transparencia tiene en este caso tintes más viles aún. El origen de la falta de transparencia está, siempre, en una falta de confianza en los aficionados; y esta falta de confianza emana de la supuesta inmadurez que nos atribuyen a la colectividad. En estos días, y con la afición del Decano, no ser transparentes es un insulto. Es la afición, la gente, la colectividad, la que decidió plantar batalla al propietario del Recre; pero de verdad, en una batalla que no es de juguete ni de papel. Una batalla en la que se corre el riesgo de tener “bajas” en tus filas; en la que los aficionados se la juegan, en la que toman decisiones arriesgadas en vista de la necesidad urgente que tiene nuestro club. El aficionado del Recre (ciudadano de Huelva) ha demostrado una serie de cualidades -siempre estuvieron ahí- que le hacen merecedor de un mayor respeto y de una mayor confianza (sobre todo por sus representantes). Valor, inteligencia, nobleza, y confianza en la justicia. La afición ha sido la clave para expulsar de Huelva a la persona que estaba acabando con nuestro club, mientras otros esperaban a pasearse por el campo de batalla una vez terminadas las hostilidades. Se ha enfrentado a un enemigo duro, pero no respetable –ni en la batalla lo ha sabido, o lo esta sabiendo ser-, al que por fin ha desbancado. Era tan fácil (y difícil a la vez) como llevar el enfrentamiento al terreno de la justicia, sacando al Recre del terreno de las conspiraciones palaciegas, los susurros de pasillo, la oscuridad y la estrategia barata. La afición se ha metido en el barro, ha agarrado al Decano, y lo ha arrastrado hasta la luz del palacio de justicia.

Y ahora no pedimos gran cosa. Solo pedimos saber qué está pasando con un club que nos pertenece, diga lo que diga la ley de sociedades de capital. Y lo exigimos ya. Exigimos la misma celeridad ahora en informarnos que la que se tuvo con otros comunicados que se redactaron por unos y otros con la intención de influir sobre nosotros; redactados por esos que ahora vuelven a los susurros y a la oscuridad. No somos maleables, no nos engaña ya nadie. Lo hemos demostrado. Somos exigentes, sabemos por donde nos movemos, hemos demostrado inteligencia y madurez colectiva; y lo más importante, hemos demostrado a todos que en realidad, el Recre es nuestro, de toda la afición, y por eso, tenemos más poder del que se nos supone por la cantidad de acciones que ostentamos.

Asistimos enojados a la última de las vejaciones que le podrán hacer los gestores expulsados a nuestro club. Después de haberlo dejado en la indigencia económica gracias a su estúpida, torpe y presuntamente ilegal gestión, ahora, con la connivencia de los que llegan, se dedican a quitarle a un Recre desahuciado lo único que le queda, el tiempo. No son conscientes de lo que nos duele cada día que pasa sin saber.

A todos aquellos que están “manejando” el traspaso de poderes en nuestro club; respétennos. Ese es el primer paso que deben dar. Sabemos que aún andan en ese juego infame algunos de los anteriores, pero que sepan todos (los que llegan, los que se van, y los que creen representarnos) que los primeros pasos (esos que ya se están dando) o se dan con la afición al 100%, o después costará recuperarla. Si uno no está completamente ciego se dará cuenta que al comprar al Recre solo está comprando dos cosas, una deuda titánica, y algo tan difícil de tasar, y tan voluble, como el sentimiento de la afición. Es el único activo que van a tener, si quieren dilapidarlo sigan insultándonos con su falta de transparencia. Es el camino más corto para el fracaso. El Recre somos nosotros.

“Aquellos que ofrecen sangre, sudor y lágrimas siempre obtienen más de su gente que aquellos que ofrecen seguridad y diversión. Llegado el momento adecuado, los seres humanos tienden a ser heroicos”.-

Orwell

Foto de Manu Lopez en Albiazules.esEnvioGuardian01

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Seguimos

No nos debemos rendir.

El ambiente de desánimo que ha corrido por la ciudad y la provincia de Huelva después de que los secuestradores del Recre lanzasen ayer su comunicado es consecuencia de un mensaje que se ha lanzado a los 4 vientos desde hace tiempo, de un modo soterrado, quizás sin intención de provocar esto y que ha hecho daño.

Se le ha dicho a la afición del Recre y a Huelva que o vienen a pagarnos la fiesta, o no hay nada que hacer.

No es así.

La situación ya era compleja cuando desde el Trust se lanzó la campaña de salvación hace un año ahora. El engaño de los mexicanos (de nuevo llegó alguien a pagarnos la fiesta, y los portavoces –otros entonces-  se encargaron de difundir el mensaje) nos ha hecho perder 12 meses. Ahora es extremadamente compleja y de solución muy difícil. Pero por eso mismo, por esa complejidad, se precisan todo el ingenio, todo el conocimiento, y por supuesto, toda la confianza en nosotros mismos para emprender la tarea de salvar al Recre desde el único lugar desde el que tendría una posibilidad –pequeña- de éxito: Desde el propio club. Desde NOSOTROS, la afición.

Desde el Trust planteamos un proceso en tres pasos hace algunos meses. Lo presentamos al Ayuntamiento, a las Peñas, a la Federación de Peñas, a los medios, al aficionado de a pie. Se presentó con claridad y con los pasos a dar descritos; con las acciones a emprender, y con los números fríos basados en el estudio contable de la situación del club. Un trabajo serio.

Cambio de propiedad; ampliación de capital con unos meses de preferencia para la afición; y por último, una vez recuperada la masa social, y dado el primer paso económico desde esta, la búsqueda de alianzas con personas interesadas en invertir en fútbol e historia, con un proyecto de transformación del club (también redactado).

La Justicia decidirá si Pablo Comas, y Gildoy, y Poientose, y los Martín, y todos los que los han apuntalado, deben salir. Y después NO quedará la NADA. Después estamos nosotros, todos, ante una tarea muy difícil, pero NO imposible. No digan que no hay tiempo, porque diciendo que no hay tiempo ya se han paralizado muchas cosas. Los pesimistas que guarden silencio.

Dejen de decirle a la AFICIÓN y a HUELVA que no puede. Porque si no puede es porque se lo están haciendo creer. No nos engañemos, es una misión que raya lo imposible, pero estamos obligados a intentarlo. Si nos dejan, perfecto; y si no, tendremos que hacernos un hueco y posicionarnos para hacerlo a base de batallar.

Hay una opción de salvar al Recre, la que más probabilidades tendría de éxito, y pasa por NOSOTROS, POR TODOS. Solo el RECRE puede salvar al RECRE.

No nos rendiremos.

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¿Qué está pasando?

Llevamos los recreativistas oyendo hablar de la compra-venta del Recre desde hace semanas (¿un mes ya?). Las informaciones han ido saliendo de un modo aparentemente aleatorio. Nos llegaban conforme se iban sabiendo por parte de medios de comunicación.

Algunos medios y periodistas han andado más rápidos que otros, de manera que iban ganando “exclusivas” con las que la afición iba reaccionando.

Pero ha ocurrido algo extraño con las últimas informaciones.

Ayer, MARTES 8 de marzo, sale en El Diario de Huelva -uno de los alumnos aventajados en la asignatura de primicias de la compra venta- una noticia en la que se afirman dos cosas. Primero: Pablo Comas ha rechazado una oferta por escrito de los interesados en comprar el Recre porque no aseguraba el futuro de la entidad. Y segundo: el diario aseguraba textualmente que la oferta fue recibida en la noche o tarde de AYER MARTES.

Bastantes horas después (POR LA TARDE) la empresa INFOTELWI hace público que ha realizado una oferta por escrito a Pablo Comas (Gildoy España SL) por las acciones del Decano que posee dicha sociedad.

Lo primero que no cuadra es que las noticias parecen cambiadas de orden, y lo segundo, y más llamativo, es que parece que la noticia del Diario de Huelva había sido redactada con anterioridad a que ocurriese la noticia a la que se refería, y era para ser publicada el MIÉRCOLES. El hecho de que el MARTES por la mañana dijese que la oferta se “había” presentado “AYER MARTES” por la tarde pone de manifiesto que las noticias estaban acordadas (pactadas). La noticia de El Diario de Huelva fue eliminada (!) de su web al detectar que se habían precipitado.

La fuente de El Diario de Huelva no puede ser otra que Pablo Comas (o Fernando Iturbe), ya que solo ellos pueden decir lo que decía la noticia sobre el rechazo de la oferta (elemental), por lo tanto, Pablo Comas e Iturbe sabían que INFOTELWI iba a hacer pública la oferta esa tarde, y pidieron al citado medio que el miércoles se dijese que estaba rechazada. Todo manejado y pasado por el pasapuré para la opinión pública.

¿A qué se debe que Pablo Comas supiese del paso que iba a dar INFOTELWI? Para esa pregunta no tengo respuesta. Cada uno ha de buscar la suya. Hay varias opciones, y cualquier persona que siga mínimamente esto se las puede imaginar.

El Diario de Huelva se ha convertido en este tema en un instrumento para influenciar a la opinión pública (a cambio de exclusivas). Da la sensación de que forma parte de la historia que cuenta, pero se nos presenta como un simple narrador. No soy periodista y desconozco sus códigos deontológicos –imagino que en las facultades de Ciencias de la Información serán materia de estudio- pero a mi, personalmente, no me parece muy adecuado el comportamiento del medio. Ojo, puedo estar equivocado, es una suposición.

Al final de todo esto nos encontramos los aficionados, que cada cierto tiempo, cíclicamente, descubrimos que lo que hemos leído durante un tiempo sobre nuestro Recre era todo cocinado para nuestro paladar, y dirigido a hacer que girásemos en una u otra dirección.

De todo esto tan extraño que está pasando los aficionados debemos sacar una conclusión. Todo el mundo involucrado en esto nos envía información con el fin de que nos influencie y nos haga posicionarnos donde más convenga a quién la maneja.

Es decir. Somos importantes. Somos la clave. ¿Sabéis por qué? Porque lo que se intenta comprar y vender, en realidad NO es el Recre, somos NOSOTROS.

Usemos nuestro poder para salvar al Decano

 

 

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Un joven de 126 años

No es el abuelo. O al menos no es el anciano que imaginamos cuando escuchamos la palabra “abuelo”. Tras años de personificación de nuestro Decano como el más viejo del lugar, hemos cometido el error de atribuirle al club una evolución temporal similar a la de los seres vivos, pero erramos. El tiempo no envejece a los clubes. Estos evolucionan en función de la sociedad de la que sacan su alimento principal: su gente. Esa sociedad está en continua regeneración. Los aficionados, simples mortales, vamos desapareciendo, pero no sin antes dejar en herencia nuestro modo de relacionarnos con nuestro Recre a los que nos relevan; esos a los que les va a tocar decidir cómo será el club dándole su toque -nuevo. bueno o malo o regular, pero diferente y nuevo-. La continuidad está en nosotros, en esa transmisión. Y ese modo de pasar el tiempo no afecta a nuestro club como si de una persona se tratase. Cambiemos la metáfora.

No veamos al Recre como a un anciano (ahora moribundo) al que le cuesta continuar, olvidemos esa comparación, porque no es acertada. El Recre es un joven al que han estafado, robado,  golpeado y han abandonado en la calle. No solo eso, han cortado los accesos a ambulancias al lugar en el que agoniza, han chantajeado a sus amigos, amenazando con seguir golpeándolo si se acercaban a él, e incluso les han pedido dinero si quieren, no ya llevarlo al hospital, sino simplemente que les dejen atenderlo.

Hay que llamar a las autoridades. ¿Pueden tardar demasiado y al joven Recre puede morir a causa de las heridas? SI. ¿Al llegar puede haber un tiroteo y una bala perdida podría alcanzarle? SI. ¿Nos pueden decir que el joven es propiedad de su maltratador y que no tenemos razón? SI.

¿Son esos posibles desenlaces suficientes como para no llamar a las autoridades? Esa respuesta la tiene que dar cada uno de nosotros. En conciencia. No puedo pedirte a ti que lees esto que destierres el miedo de la ecuación, primero porque yo lo siento también. Esta situación es muy desagradable. El Trust ya ha decidido, democráticamente.

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