La carrera

Los músculos del antebrazo tiraban del dedo corazón tensándolo como un arco mientras el pulgar lo retenía con la yema, flexionado, acumulando energía, esperando a tener la suficiente para liberarla sobre el metal de la chapa de la botella de refresco que estaba en el suelo. El pulgar se abrió y el corazón se zafó en un latigazo violento. La chapa salió despedida deslizándose sobre la madera de la tarima, rotando y recta. Recorrió a toda velocidad un camino limitado a ambos lados por rotuladores alineados; rojos, azules, amarillos, verdes. Iba cada vez más lejos del centro de la pista, desviándose poco a poco hacia la izquierda, acercándose con peligro al borde, rozando la catástrofe. Las pulsaciones del corazón, aun pequeño, subieron de golpe; las pupilas se le dilataron, aguantó el aire y, cuando la chapa se paró un par de milímetros antes de salirse, lo soltó en una nubecita tibia en la atmósfera del salón.

Unas rayas amarillas y negras con un rombo que pretendía ser el símbolo de una marca de coches, la misma que el de su madre, adornaban el interior de aquel bólido que competía contra otros nueve a través de los pasillos y habitaciones de la casa familiar.

-¡Aurora! ¡Hay que recoger, vamos a comer!

La voz de la madre le llegaba desde la cocina amortiguada por el ruido del extractor. ¿Recoger? ¿Ahora? Le había costado un rato largo y dolor de rodillas montar el circuito, la carrera estaba a la mitad y era emocionante. ¿Comer? ¿En serio?

Desde el suelo miró la parte de debajo de la mesa, estaba vacía. Hasta hace dos días siempre encontraba allí las piernas con pantalones de mezclilla de su abuelo, con un pie sobre otro, con babuchas, leyendo el mismo periódico que ya no olía como tanto le gustaba a ella; a esa mezcla de papel y pan caliente de la bolsa de los sábados. Hace días que no había podido salir comprarlo y “lo racionaba”, así llamaba él a leerlo entero y despacio.

Huérfana de aliados obedeció. Anduvo de puntillas entre rotuladores hasta la cocina.

-¿Tenedor? ¿Cuchara? ¿Cuchillo? –dijo mirando hacia arriba a la madre con la barbilla sobre el cajón abierto de los cubiertos.

La madre la miró sin mirarla, un momento.

-¿Qué?

-Que qué vamos a comer. ¿Qué cubiertos pongo en la mesa?

Era pescado, así que lo cogió todo, para tres. “Mamá, abuelo y yo misma”, iba pensando conforme los colocaba rodeando la pequeña mesa de la cocina. Cuando volvía a la alacena a por los vasos cayó en la cuenta de que sobraba un sitio en la mesa. El abuelo no estaba. Volvió para retirarlos pero la madre ya lloraba con los dos platos de pescado colocados y el sitio de su izquierda preparado pero vacío. A Aurora le aterraba que su madre llorase, puso los dos vasos, quitó los cubiertos del abuelo sin decir nada y los devolvió al cajón. Los rotuladores de la pista de carrera que asomaban desde el pasillo debieron clavársele en algún sitio del cerebro a su madre, que entró en erupción mandándola a voces a recoger. El estruendo del extractor y los “¡cuántas veces te tengo que decir las cosas!”, ”¡nunca me haces caso!”, “¡la casa está echa un asco!” se enredaron en un solo grito. Salió de la cocina corriendo, con un llanto asustado que se unió al enfado de su madre y al extractor, y desmanteló a toda prisa el circuito de carreras.

Un momento después estaban las dos sentadas, una frente a la otra, con los ojos rojos y el extractor apagado; muy seria la mayor, y con el pecho saltando en hipos de sollozos la chica.

La madre miró cómo se le contraía el cuello diminuto sobre la camiseta blanca de unicornios.

La habían llamado del hospital esa mañana. “Su padre ha dado positivo”. “Es posible que necesite un respirador”. “La mantendremos informada”. Veinticuatro horas antes, aquella enana a la que ahora se le salía el llanto del cuerpo había mirado a su madre cuando esta trataba, por enésima vez, que le cogieran el teléfono para que trajeran una ambulancia a casa, y desde sus seis años le había dicho: “Yo puedo quedarme sola un rato en casa, no me va a pasar nada”.

Fue agónico como un paseo espacial. Sin asidero. Conducir hasta el hospital con su padre detrás faltándole el aire; rápido. Encontrar un caos al llegar; dense prisa, por favor. Pensando en la niña de seis años en casa sola; tengo mucha prisa, ayúdeme por favor, déjeme pasar. Conducir de vuelta tres horas después con los papeles del ingreso arrugados en el bolsillo y con el corazón a punto de salírsele por la boca. Había subido corriendo las escaleras y había abierto la puerta con la mano temblorosa. ¿Aurora? llamó. Silencio. ¡Aurora!. Silencio. ¡¿Aurora?! Tomar aire para volver a llamarla era una tortura.

La voz le había llegado desde el fondo de la casa. “Estoy aquí, mamá, en el váter”. Al abrir la puerta del baño encontró a la pequeña sentada en la taza, con las piernas colgando. “Estoy haciendo pis”. La madre cerró la puerta y se derrumbó en la cama.

Ahora la miraba, aun sollozando, sentada frente a ella, con el pescado ya frío. Alargó la mano y le acarició la cara.

– Lo siento, pequeña.

La niña movió la cabeza para frotar la mejilla con la palma de la mano de su madre, que olía a jabón. Le gustaba estar en casa. No le importaba que fuese tanto tiempo; no le importaba no poder salir a la calle. Pensó en que esa tarde dibujaría algunas chapas de carreras más y se relajó.

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