La ciudad (para María)

e4838713-f76f-4db8-bacd-cfbc724522d7 (2)Para María.

Enfocar objetos lejanos. Mi hermana me comentó que había empezado a realizar ese ejercicio desde la terraza de su pequeño piso de Madrid. “Miro a la ciudad, a lo lejos” me dice a través de los auriculares, “a toda la ciudad. Sabes que hay buena vista desde aquí”. Recuerdo el perfil gris, azul y marrón del horizonte. He mirado ese paisaje muchas veces desde la infancia. Madrid lanza su aliento tibio hacia el cielo dándonos la espalda a los que la miramos. Siendo adulto recuerdo mi mirada de antes, con esa ciudad no ha evolucionado. Por la falta de contacto, por su indiferencia, porque es un amor no correspondido, y nunca lo será; por todo eso ahora, aquí donde las distancias son más pequeñas, a pesar de que miro la Huerta Mena desde mi ventana, se superpone el paisaje de Madrid.

Estoy de pie en el mismo sitio que mi hermana, con el mismo café, con nuestros cerebros genéticamente parecidos viendo parpadear igual el sol frío sobre los mismos tejados y las mismas fachadas.

No podemos decirles ya a nuestros amigos y familiares que va a salir todo bien, porque eso ya no es posible. Piensas en decirles eso para darles algo de tu poco optimismo, que donde comen dos comen tres, pero la alarma de la indecencia se enciende y callas. No, ya no puede salir todo bien. Muchos han muerto ya, solos, sin despedida y con miedo, alcanzados por las balas invisibles. Vamos a salir de esta, sí, pero no vamos a salir bien. No vamos a salir todos.

Miro la ciudad junto a mi lejana hermana, y en ese ejercicio de mirar a lo lejos encuentro su optimismo, el de alguien que se prepara para algún día volver a salir al mundo, a los espacios abiertos, y que no quiere sentir vértigo. Y sin permiso cojo el ADN de esa idea y me hago una copia.

El aire se enreda con la luz en los edificios cercanos, los de aquí y los de allí. La pared cercana de la cueva se superpone con las montañas grises lejanas de la sierra de Madrid que observan atónitas la mugre y el ajetreo de la ciudad, que son como las nubes bajas de aquí en el horizonte del mar. En Huelva no tenemos montañas que nos miren boquiabiertas. Quizás por eso vamos tanto a su búsqueda, porque necesitamos que nos miren y que se sorprendan y nos odien.

Siento en las palmas de mi mano el calor de la taza de café que mi hermana sostiene. “El esqueleto del Vicente Calderón, allí. ¿Lo ves?” Sí, le contesto desde aquí. Ella señala con mi mano, estamos ocupando el mismo espacio. “¿Ves la hendidura del río?” recorre con el dedo una línea imaginaria, un pliegue en la gran ciudad que yo puedo ver desde Huelva. Sí, vuelvo a contestar. Ahora se ha puesto la mano de visera tapando el sol que me daba en los ojos para dejarme ver mejor. “Allí asoma el techo de los humos antiguos de Atocha, y el retiro al lado”, imagino por dónde andará la cuesta Moyano, y me la imagino con todas las librerías cerradas. Ya no hay humos en Atocha.

Ella imagina dónde estará la Ciudad Lineal, y yo la miro a ella, y vuelvo a mi balcón de Huelva. La iglesia de San Sebastián ha sustituido a Atocha y a la Ciudad Lineal, y el descampado a donde los dueños de los perros vienen a exhibir su libertad ya no es el Retiro.

Vuelvo a dentro. A las cosas cercanas, al libro, a las paredes, a las caras cercanas de mi mujer y mis hijos. Y me digo que es normal, que no puedo cambiarlo, que aquella ciudad me hará sentir siempre como un niño asustado. Aquella ciudad que se muere, y que resucitará; a la que ya nadie puede decirle que todo va a salir bien.

 

N.

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