El fútbol se muere de éxito

El 18 de junio de 2013, Belén, una aficionada al fútbol de Salamanca, entró en la aplicación de twitter de su móvil y leyó el siguiente mensaje en la cuenta oficial de su club: “La junta de acreedores no alcanza el quórum necesario y se procederá a la apertura de la fase de liquidación del concurso de la UD Salamanca”. No soltó ni una lágrima, ya lo hizo meses atrás. Los clubes no se mueren de repente. Tres minutos más tarde, el community manager del Salamanca volvía a publicar: “Hoy es el día más triste de mis 90 años de historia. Estoy en cada una de vuestras lágrimas. Viviré siempre en vuestros corazones. #HalaUnión”. El fútbol español perdía a un histórico hundido en la segunda B, pero prácticamente sólo en Salamanca fueron conscientes de ello, en el resto del país la liga había terminado y los aficionados estaban a otra cosa. El árbol cayó en medio de un bosque vacío.

Casos como el de la Unión se han venido sucediendo desde entonces, y desde antes, en un fútbol que tomó el camino equivocado tras el diagnóstico erróneo que hicieron los políticos de los años noventa. Las deudas que en aquellos años acumulaban los clubes –en aquel entonces sí eran clubes- provenían de disparar con pólvora ajena; pero no eran los aficionados, los que lo hacían, no. Los aficionados -socios- habían renunciado a la gestión y habían dejado el timón en manos del establishment de sus ciudades y pueblos. Los clubes fueron los pioneros de la postverdad y de la actual dictadura de las emociones. El poder y las influencias que se obtenían desde los despachos presidenciales de estos se basaban en el amor incondicional que sus aficionados profesaban por su equipo. Pero para que ese amor no tornase odio a la afición había que darle éxitos deportivos, y esos, en el corto plazo solo son posibles con operaciones de inversión de alto riesgo. Gastaron el dinero que no tenían.

La deuda total del fútbol español alcanzó los 180 millones de euros, dividida a partes iguales entre deuda pública y privada. El dinero despilfarrado no provenía de los bolsillos de los gestores, provenía de las arcas de los clubes. ¿La solución? Quitarle la propiedad a los socios, convirtiendo los clubes en sociedades anónimas deportivas. Desaparecían las asambleas de socios para dejar lugar a juntas de accionistas, en las que la existencia de un socio mayoritario destruía una democracia no ejercida hasta entonces. En unidad de acto los aficionados descubrieron que habían tenido capacidad sobre las decisiones que se tomaban en el club y que esta capacidad se les arrebataba.

Con el nuevo marco legal, en teoría, se limitaron las inversiones en jugadores, se creaban consejos de administración con responsabilidad personal sobre las pérdidas, y se suponía que los accionistas mayoritarios cuidarían de sus inversiones, pero la realidad fue bien distinta. En un giro lampedusiano, los aficionados vieron como los desmanes continuaron, y en muchas de sus entidades no tenían ninguna capacidad para frenarlos. Algunos clubes, en manos de propietarios particulares, se dirigieron a toda velocidad hacia el precipicio mientras los aficionados miraban su carnet de socio y entendían que ya no era más que un abono de temporada. No podían hacer nada. Así llegó la desaparición de la Unión en Salamanca en 2013, del C.D. Logroñés en 2009, del C.D. Mérida en el 2000, del C.F. Extremadura en 2010 o de la S.D. Compostela en 2006.

El sufrimiento que padece un aficionado que asiste a la liquidación de su club es enorme, igual que las emociones que este desata, o desataba cada domingo y de las cuales bebían los antiguos oligarcas.

Ahora siguen siendo esas emociones el principal atractivo de estas entidades. Los aficionados pasaron por una fase en la que aceptaron su papel de meros clientes. Pero los que se acercan a ellas lo hacen con el símbolo del euro marcado en la frente. Ahora, de nuevo twitter nos arroja a la cara información sobre este fútbol con imágenes como las de esta semana de la Guardia Civil registrando el estadio del Córdoba, o el expropietario del Recreativo de Huelva sentado en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial. El Real Oviedo estuvo a punto de desaparecer, al igual que el Decano del fútbol español, o el Sporting; todos ellos en manos de propietarios, pero con una notable diferencia. Sus aficionados no se han plegado ejercer el papel de simples consumidores de fútbol y han decidido pasar a la acción. Son clubes de tamaño medio o pequeño que se la juegan cada domingo para seguir vivos, en los que las tensiones entre propietarios y aficiones se han convertido en el pan nuestro de cada día. El problema es que están en el interior de una “fútbolsfera”, que empieza a dar síntomas de putrefacción mientras la corteza opaca, brillante y reluciente de las grandes competiciones oculta la infección. Los clubes, de la mano de hombres y mujeres de negocios, les han dado la espalda a las comunidades en las que desarrollan su actividad, para virar la proa hacia los contratos millonarios de las categorías televisivas. Pero quieren alcanzarlo a corto plazo, y eso devuelve a los clubes al riesgo. De nuevo están en manos de gestores que no entienden su idiosincrasia. La anatomía de estas entidades no se adapta al medio de las sociedades anónimas deportivas.

El siguiente es el Córdoba, que ha sido sentenciado a muerte tras la luz verde para la venta de la Unidad Productiva. Es decir, otra SAD se hará con los derechos del Córdoba CF SAD para explotarlos, mientras que el original queda abocado a la liquidación. De hecho, esta venta de la unidad productiva se hace para liquidar y poder pagar algo de deuda. ¿A nadie se le ha ocurrido ofrecer a los aficionados la propiedad en régimen democrático del club?¿No serían ellos los mejores para darle carta de veracidad a un proyecto serio que hiciese participar a las fuerzas económicas y sociales de Córdoba? A nadie.

Tratarán de vendernos que la Unidad Productiva del Córdoba FC SAD es el antiguo club, pero no nos engañan.

Ahora mandan los dividendos, y el juego ha pasado de ser un acto de comunidad e identidad a ser un espectáculo de fácil digestión. El aficionado ha emigrado desde los campos de fútbol al sofá de su casa, y la parrilla televisiva no deja huecos en el fin de semana para que los clubes de pueblo puedan atraer a sus cientos de fieles. Los que aspiran a dar el salto, clubes del tamaño de los desaparecidos que listábamos antes, se convierten en despropósitos financieros. Si suena la flauta, con suerte aguantan lo suficiente para recuperarse de las deudas contraídas con sus propietarios-prestamistas, pero si no, de nuevo alguna Belén, mientras pasea por su ciudad, abrirá la aplicación de twitter para ver que su club desaparece, y que las lágrimas vertidas en los últimos meses dan paso a la nada de los domingos del futuro. Y los gritos de los que ven el fútbol en la tele del bar de la esquina le susurrarán al oído la gran verdad: el fútbol se muere de éxito.

 

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