Diarios de Odiel. Capítulo 4. La densidad del tiempo.

Conoce ese curioso momento de un vuelo en el que el  tiempo pierde densidad. Es la espera para comenzar a avanzar por el pasillo del avión hacia la puerta de salida. Algunos pasajeros están de pie, otros sentados rendidos a la evidencia;  muchos bajando torpemente sus maletas de los maleteros con tan poco espacio para moverse que se ven obligados a realizar escorzos imposibles; algunas caras denotan impaciencia. Yo ya estoy de pie, no sé por qué. Los minutos no son iguales en este momento que en cualquier otro. Sé que cuando comencemos a movernos esos minutos  comenzarán a extenderse, igual que los espacios que nos separan a unos pasajeros de otros, como silencios en una partitura. Cerca de la puerta de salida el tamaño de los minutos se consolida, manteniéndose hasta que alcancemos los largos pasillos del aeropuerto de Bristol. Allí se harán manejables, casi los puedes guardar en tu mano. Pero no serán los mismos para todos; cada uno tiene sus propios minutos. El aire frío me quita de golpe el calor artificial que traía (leer a Albert Camus tiene sus riesgos). La cartera la encuentro tras palpar el exterior de tres de los bolsillos; me descuelgo la mochila del hombro derecho y abro la cremallera para mirar dentro. Está el libro que acabo de guardar; está el cuaderno de notas y el pequeño portátil; está el manuscrito, el diario. Es desesperante vivir con esta cabeza.  Pienso en el resto del equipo, deben de    estar todos más atrás.

Tantas veces me he visto a mí mismo en aquella situación que, aunque fuesen distintos lugares, con distintas personas y por diferentes motivos, en realidad eran el mismo momento. Solo la presencia o la ausencia de ella en algunos me permitía distinguir unos de otros. ¿Cómo podría permitirme pensar en este tipo de banalidades cuando ella, que era siempre de los sentados y rendidos a la evidencia, estaba tan cerca? Solo dos tipos de momentos, aquellos en los que estaba ella y aquellos en los  que no.

Los largos pasillos del aeropuerto y mis manejables minutos me ponen a la cabeza del grupo. Voy delante, pero no soy el primero para las miradas de los extraños que nos adelantan o a los que adelantamos. Veteranos, más jóvenes, corpulentos, desgarbados, altos, bajos, serenos. Son la perfecta dualidad típica de un equipo. La homogeneidad de lo heterogéneo.  Avanzan como una piña, pero no van juntos. No se les nota inquietos por estar lejos de casa. Los hay que pasan más tiempo de la semana viajando que en casa, pero también hay alguno que puede que jamás haya salido de Huelva. La rocosa fraternidad de la tribu solidifica y se hace evidente para todos, pero sobre todo para mí, que ahora los observo desde fuera.

 

Hay pocas cosas, señora, como la primera pinta de cerveza que se toma uno al regresar a Inglaterra. Siempre trato que sea en un pub; ni en casa del mejor de los amigos sabe igual que en un pub. He llegado a tomarlas con el equipaje aún en el maletero del coche de alquiler. No digo que aquí en su casa no esté a gusto. De hecho, para hablar es mejor aquí; y la cerveza no está nada mal. Pero le hablo de algo difícil de explicar. La primera cerveza en un pub de Inglaterra es un estado de ánimo. Recuerdo algunas. Con veintipocos años en un O´Neills en Beckenham, muy cerca de la estación del Eurostar;  esta vez día, a pesar de haber llegado con el equipo, la primera fue obligada en solitario –tuve que ir a la reunión previa al torneo. Han habido muchas más, pero la que al final me ha traído hasta aquí, y respondiendo así a su pregunta, fue en Warminster. En The Rose & crown.

 

Hasta llegar a ese momento, cuando me paro a recordar los últimos años, con poco esfuerzo veo un plan; como un camino construido por alguien, lleno de pequeños hechos infinitesimales que de no haberse producido, o de haber ocurrido de un modo levemente distinto, no me habrían llevado a ese pub de Warminster. Había dejado el coche y la tensión que me provoca conducir por la izquierda aparcados junto a una gasolinera de la carretera que atraviesa la ciudad. Aquel fue el primer viaje en busca de Redcore, me enteré por foros de Internet de que no había fallecido aún y que había estado entre el público de una mesa redonda sobre literatura jamaicana en un pub de un pueblo de Wiltshare. Tenía bastantes anotaciones hechas, dudas que no me dejaban terminar la traducción. Compréndanlo, no soy traductor, lo hacía porque pienso que cuanta más gente pudiese leer ese libro, mejor. Me decidí a viajar y tratar de encontrarlo. Media hora con él habría sido suficiente para lo más importante. Por supuesto que era insuficiente media hora para todo lo que me gustaría hablar con él, pero siempre tiendo a ponerme en lo peor. Me auto convenzo de que será una persona huraña, malhumorada, con poco don de gentes, y así con que sea medianamente normal me resultará agradable conocerlo. Siempre me ha parecido una temeridad querer conocer a un ídolo –cantante, actor o actriz, escritor, deportista-la amenaza de que sea un perfecto gilipollas está ahí.

 

Pero vuelvo a The Rose & crown. La madera clara de la mesa, y sobre ella la pinta llena, y los guantes de cuero muy gastados, y rígidos, con forma, como dos manos relajadas, se diría que iban a tamborilear de un momento a otro. En eso pensaba cuando una voz me interrumpió “¿Te importa si me siento aquí?”. La mesa era amplia, como para seis personas, así que no vi mayor problema; y menos cuando alcé la vista y vi el aspecto de la chica. Llevaba un ordenador portátil abierto apoyado en la cintura derecha, con el gesto de la que lleva un cántaro; en la mano izquierda un móvil y un cable enrollado -¿el cargador?- la seguía la camarera, una rubia simpática, con una pinta y un plato con un leve bocadillo –demasiado leve para ser Inglaterra-. Es difícil decir, aún hoy después de haberla visto tantas veces, estando como está todo el día en mi cabeza, si era –es- rubia o pelirroja. Tiene días.

Plantó su ordenador en la mesa frente a ella, dejando orillados el bocadillo, la cerveza y a mí. Siempre me han llamado la atención esas personas que escriben a gran velocidad sin mirar el teclado. Ella lo hacía, e incluso mantuvo una conversación telefónica sin parar de escribir. Necesito estar muy pendiente de lo que habla un inglés para poder entenderlo todo; por alguna extraña razón me interesaba lo que ella hablaba –nerviosa, muy enfadada con su interlocutor, pero solo en el gesto, como si no quisiera que el otro lo notase. Sería su jefe-. Mantenía el teléfono pegado a su oreja ladeando su cabeza y encogiendo el hombro derecho, aprisionándolo entre ambos.

 

-¿Quiere comer algo?- La voz de la camarera me distrajo.

 

Negué con la cabeza sonriéndole

Hablaba de alguien. Un objetivo. Alguien sobre quién debía escribir. Un político. Iba a Chippenham. Disimuladamente, y sin saber porqué, abrí el mapa de carreteras que llevaba en la mochila y busqué la ciudad. Estaba cerca de allí, a unos 50 kilómetros. En el motivo por el que busqué ese lugar en el mapa está lo que me ha traído hasta aquí. En aquel momento no supe verlo, o no quise verlo. Son esas oscuras máquinas que están escondidas en tu interior; sabes que están ahí, las conoces, pero prefieres no pensar en ellas. Que funcionen con libertad.

 

No puedo explicar cómo llegué a verme a mí mismo, sentado en el coche y pensando qué camino tomar. Me esperaban en Bath, y desde allí un largo viaje en coche a Sheffield y Manchester; pero ahora quería ir a Chippenham. La conversación en el pub fue corta. Todo es relativo, claro. Esta sólo fue corta, y aunque no lo crea, la inició ella. Dijo algo que no alcancé a entender, de hecho pensé que hablaba sola. Pero cuando levanté la cabeza del mapa y la miré, sonreía. Se mordió el labio inferior y exageró el gesto de mirar hacia el techo. Dudé por un momento si asentir con la cabeza, a pesar de no tener ni idea de lo que me había dicho. “Perdona. No he entendido bien lo que has dicho”. No era necesario decir que yo no era inglés, mi acento me delataba; incluso mi aspecto me delataba. “No importa” me contestó con una sonrisa cansada. “Si importa. A mí sí me importa”. Le sorprendió mi respuesta.

A mí sí me importa. Esas fueron las primeras palabras que le dirigí. “I do does mater”. Probablemente no fue muy correcta la expresión en inglés. De hecho creo que forma parte ese hecho de que se interesase más por lo que le acababa de contestar. Así que me miró sonriendo, después se giró un poco hacia mi, apoyó sus codos sobre sus rodillas juntas, se agarró las manos y me dijo lentamente, “qué asco de políticos. Eso es lo que acabo de decir”, y se quedó esperando mi respuesta.

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