Diarios de Odiel. 2. El Olimpo.

En aquellos años en los que el mundo era más pequeño; en los que te asomabas a las estrellas del fútbol español una vez en semana, y a las del fútbol extranjero cuando salían los cromos de Panini del mundial o la Eurocopa, en Huelva había un par de nombres que sonaban a goles. Eran dos, pero se decían y se leían como uno solo; como si fueran una sola persona; como Ramón y Cajal, Ortega y Gasset… así sonaba Luzardo y Alzugaray. Ya era yo consciente de lo que significaba que tu equipo estuviese en segunda división cuando me asomaba a ver al Recre. El aspecto pequeño y preHilsborough  del estadio Municipal por aquellos años y nuestro equipo en segunda no aguantaban la comparación con los grandes clubes que salían por la tele. Hasta que rodaba el balón; y es que en mi liga personal el Recre siempre ganaba, y jugaba sorpresivamente mejor que el rival.

Nunca me los encontré por la calle, nunca les pude dar la mano. Pertenecían al campo. Salían del túnel de vestuarios cerca del córner y volvían a desaparecer por él hasta la siguiente vez. Para ver a los Dioses había que ir al Olimpo. Eso les daba un aura especial. Vivían allí, en ese lugar imaginario bajo tierra llamado “vestuarios”.

No estaba pendiente de las clasificaciones, ni de lo que ocurría cuando jugábamos fuera de casa. Solo me interesaba el equipo cuando iba a verlo jugar. El partido era una competición entera en sí. ¿No bastaba con enfrentarse a equipos que venían de lejos para que aquel evento fuese lo más importante que ocurría desde hacía más de una semana en la ciudad? Nuestros héroes saltaban al campo, y sus camisetas de nuevo brillaban, el balón blanco era como una estrella, botaba en aquella extraña superficie como si estuviese en otro planeta,  muy lejos de los botes de los balones de nuestros partidos de infancia en la calle; al ritmo de las palmas de los espectadores iba y venía de una banda a otra y al centro, de repente una pared en la banda rompía el ritmo del partido; llegaba la hora de Luzardo y Alzugaray. El balón parecía esponjoso en los pies del primero, y se transformaba en una bala de cañón en los del segundo. ¡Bum! Salía rozando la escuadra. La primera jugada terminaba. El Recre era el mejor equipo del mundo, y yo era feliz.

Hay una característica que es común a todos los héroes; un rasgo necesario, imprescindible, sin el cual dejan de serlo: Cualquier ataque a su “divinidad” produce un dolor muy intenso en sus adoradores. La infancia tiene una capacidad asombrosa para convertir a esos héroes en seres mágicos, impolutos y propietarios de las mejores cualidades que puede soportar un ser humano. Es un proceso curioso, con varias etapas, y que irremediablemente debe pasar por la etapa de esquematización. En el caso del fútbol es un tema estético. El joven aficionado introduce al jugador en cuestión en la maquina de esquematizar, una caja negra de la que sale como una imagen, una camiseta con un número, una cara, una selección de las mejores jugadas. El cerebro lo limpia inconscientemente de cualquier aspecto negativo, incluso puede que ni siquiera detecte nada negativo en esa etapa incipiente de transformación. Acto seguido, esa imagen -un jugador seleccionado para pasar por ese proceso por un simple comentario de tu padre, o de un comentarista, o un párrafo en una crónica, una foto en un periódico o una revista- da igual, esa imagen digo, está preparada para empezar a ser vestida de experiencias. Lo seguimos con más atención, y lo vamos rellenando con los ornamentos y detalles que le van a dar la realidad necesaria para que, por fin, sea un ídolo y entre en nuestro Olimpo personal.

Puede decirse que uno da los primeros pasos hacia la madurez cuando aprende a convivir con las imperfecciones de sus ídolos, cuando no se le hace un nudo en la garganta al oír críticas, e incluso esas imperfecciones se acaban convirtiendo en elementos característicos, identificativos de esa persona que en la infancia nos parecía perfecta. Para mí, ese proceso se inició con uno de aquellos dos superhéroes del Recre, mi favorito, Luzardo. Fue una tarde de mayo en Huelva, aquel día descubrí que era una persona normal.

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