Diarios de Odiel. 1.Punto de partida.

Mi vida transcurre entre libros; o al menos transcurría y espero que lo siga haciendo en el futuro. Soy traductor aficionado, tengo una pequeña librería en la calle Rico que me da para ir tirando, y me vuelve loco el fútbol. Si eres de Huelva y te vuelve loco el fútbol, no te queda más remedio que ser uno de esos masoquistas que nos acercamos al estadio del Recre cada dos domingos.

 

Podéis llamarme Odiel. Ese es mi nombre. Nunca me bautizaron, mis padres no eran de esos. Tampoco sé si en aquella época les hubiesen permitido ponerme ese nombre. O quizás deba decir, le hubiesen permitido, en singular, porque estoy convencido de que fue mi madre la autora. Los años de la transición daban para aquellos “despistes”. Vivir lejos de mis abuelos durante mis primeros meses, sin familia ni amigos a menos de doscientos kilómetros a la redonda, permitió un bautizo inventado. Para mis abuelos si lo estaba, y como ellos también sabían que con ese nombre no iban a ungirme los santos óleos (¿ungirme se dice? No lo tengo claro) el nombre con el que, para ellos, fui bautizado era Simón Odiel. Una mentira piadosa. Pero mi nombre es Odiel.

 

Mi abuelo siempre me llamó así. En el fondo le gustaba. No conozco a nadie más con ese nombre. Todo el mundo se giraba cuando me llamaba en voz alta, y aquello le gustaba. Sobre todo cuando lo hacía en el Estadio Municipal, cuando me llevaba a ver al Recre. No teníamos un sitio fijo. No éramos socios. Íbamos de vez en cuando, cinco o seis partidos cada temporada, a distintos lugares del estadio. Nunca a la tribuna. Me gustaba el gol sur, en la esquina de la izquierda. Entraba desde el nivel de la calle y veía la profundidad a la que estaba el terreno de juego; continuaba andando hasta que me perdía del campo de visión de mi abuelo: ¡Odiel! Y muchos se giraban para ver quien era el portador de aquel nombre tan familiar y extraño a la vez en aquella ciudad.

Las visitas al estadio con mi abuelo aparecían por sorpresa. De repente, una tarde de domingo cualquiera justo después de comer se levantaba de la siesta fugaz (dormía con cosas en la mano) y decía “nos vamos al fútbol”. Nunca me preguntó si quería ir. Al fútbol se va y ya está. Empezó a llevarme a una edad anterior a aquella en la que empecé a decidir las primeras cosas, así que continué yendo cada vez que él lo decidía porque, “al fútbol se va y ya está”. Simple. Aquellas visitas al Municipal se desarrollaban por generación espontánea. De hecho, mi abuelo, extrañamente, no era del Recre, él era del Español de Barcelona, aunque tampoco le hacía mucho caso a su equipo. No me preguntéis porqué. Nunca estuvo en Barcelona, ni tenía allí familia. A veces pienso que se lo inventó, porque tampoco lo vi seguir muy de cerca los resultados de los de “los cuatro gatos”. Solo puedo decir que era del Español porque el decía que era del Español. Lo cierto es que aquel Españolista (se dice así, ¿no?) sesentón y su nieto de ocho años con aquel extraño nombre aparecían un puñado de veces al año por las gradas donde se concentraba en los años ochenta el recreativismo. Se creó un vínculo muy especial entre nosotros y con el fútbol de telón de fondo. El Recre en aquella época ganaba casi todos los partidos a los que asistí. Con el Elche es el más antiguo del que tengo memoria. La equipación de aquel club se me quedó grabada (años más tarde leí a un escritor muy querido llamar absurda a aquella franja verde y me molestó, no por el Elche, sino por aquel recuerdo primero de fútbol. El fútbol son los recuerdos). Los nuestros vestían como siempre, solo recuerdo que las rayas verticales azules y blancas desaparecían al llegar a las mangas, que eran completamente blancas. Aquel blanco relucía de un modo especial cuando caía la noche y se encendían los focos del estadio, esa atmósfera del fútbol de noche en el Municipal era mágica. Como digo, el Recre solía ganar, o al menos así lo recuerdo. Era invencible cuando yo lo veía. Del resto de partidos en casa, cuando jugaba y estábamos en Huelva, me llegaba, empujado por el viento del este, las celebraciones de los goles, aunque no sentía especial emoción por ello. Nunca pensaba “me gustaría estar allí”, eso llegó más tarde.

El estadio olía a pipas y tabaco y a puros –me encanta ese olor mezclado- y me parece recordar que iba mucha gente al fútbol, y es que “al fútbol se va”. El vínculo con mi abuelo no tenía la misma intensidad en otros momentos. De hecho aquellos en los que también estábamos solos él y yo –en el huerto del pueblo, en la tasca de Sebastián comiendo patatas con sal, en el garaje mientras arreglaba su antiguo coche- nunca vieron una conversación sobre fútbol o sobre el Recre. Hablando del huerto, recordadme más adelante que os cuente la historia del miedo y mi abuelo.

 

La otra afición en la que el fútbol era intenso eran los partidos de chapas, y de eso mi abuelo no tenía ni idea. Mi primer equipo de chapas fue el Real Oviedo. Fue casualidad también. Hacíamos los equipos recortando las imágenes de los jugadores de los cromos de la colección de la liga. El primer equipo del que conseguí reunir 11 jugadores distintos fue el Oviedo. Creo recordar que uno de los jugadores era Boro, otro Rivas, un tal Blanco… no me llega a más la memoria. Había un par de sudamericanos, poco más recuerdo. Las tardes de chapas eran larguísimas. En el pueblo existían varios “estadios”. Losas de cemento perfectamente niveladas donde poder pintar con tiza un campo de fútbol. Eran como lijas para los pantalones (los parches en las rodillas estaban al orden del día). Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid,  Las Palmas, Cádiz, Athletic, Oviedo. Del Recre ni rastro.

 

Las chapas tenían su época del año,  igual que las canicas, el trompo, la lima, las carreras de monopatines (aquellos de plástico). Las chapas nunca aparecían en verano. La verdad es que siempre me he preguntado cual era el mecanismo que nos hacía cambiar de juego en las diferentes épocas del año. Había algunos que estaban claros -si llegaba el Mundial o la Eurocopa los tapones de casera de las selecciones medían sus fuerzas en los soportales del polígono en Huelva (siempre jugué con Italia, Paolo Rosi me dejó marcado; de hecho alargué sus internacionalidades más allá de lo que duraron en la vida real)- pero el resto de juegos, por más que trato de recordar por qué  cambiábamos de uno a otro, nada. Ahora detecto algunos cambios en los juegos de mi hijo de once años, motivados por una especie de marketing soterrado de empresas que fabrican trompos con nombres galácticos, hechos de plástico. Pero intento trasladar eso a aquellos días, y no me parece que tenga nada que ver. Trompos de madera, pintados por nosotros mismos, púas carniceras –jugábamos a romper el del contrario de un “puazo”- eran otros tiempos.

 

Mi evolución como seguidor del Recreativo de Huelva es muy curiosa. Desde las visitas al Municipal hasta hoy he pasado por muchas fases. Quizás el punto de inflexión más importante de todos, y el motivo por el que estoy aquí, fue un pequeño incidente en los puestos de libros de la Plaza Pérez Pastor de Punta Umbría. A mi mujer le desespera que me quede anclado en esos puestos junto a la ría. La plaza es de obligada visita las noches de entre semana de agosto. Cerveza, patatas fritas, bicicletas, patinetes veloces y felices en aquella superficie pulida, helados, y libros, muchos. El paseo siempre es de izquierda a derecha por aquel puesto larguísimo. La sección infantil y juvenil se mira, pero casi no disminuye la velocidad de crucero. Más adelante libros de adolescentes que rara vez te hacen parar (alguna vez un Sherlock disfrazado). El siguiente es un espacio baldío; una longitud de un metro y medio de puesto que no es más que eso, metro y medio. Allí residen las interpretaciones de los sueños, los intentos de best sellers (sus títulos les delatan), los libros de cocina árabe, o indú; autoayuda poco recomendable para la salud; significado de los nombres; yoga…  y de repente lo primero que nos interesa. Ya he sobrepasado a la primera mujer de las dos que atienden el puesto –no os la  puedo describir, solo he notado que estaba allí- y justo después de ella, traspasando una frontera más definida que la que forman las secciones anteriores, aparecen las colecciones que ha sacado algún periódico en el pasado. Biografías –“Yo, Claudio”, “Saladino”, “Churchill”, y rodeada por ellos “Cleopatra”. Ninguno mira a “Isadora Duncan”, solo Amelia desde la parte alta del fondo del grupo, y más allá, en la pared de enfrente, muy arriba, Ann Fisher. Está en un libro más grande, acompañada de otros de sus colegas. La parada es fructífera a veces, las menos. Y el viaje continúa. Libros de Bolsillo, pequeñas ediciones de gigantes, clásicos, teatro, poesía, Shakespeare bilingüe y, muy de vez en cuando, un tesoro desconocido. Fue el “Cuaderno Gris” el que me llevó hasta el descubrimiento. De nuevo una colección antigua de periódico, de El Mundo, creo recordar. Allí debía de estar aquella edición de “El Cuaderno Gris”. La pasta era celeste, con una barretina en la portada de la que salía el bocadillo de pensar de los comics. Al ver la colección en el puesto me lancé a buscarlo. En una parte del puesto alguien había borrado las fronteras entre la colección y otros libros. Allí algunos se apilaban, Solzhenitsin y su “Archipiélago Gulag” estaban soportados por “El Capital” y “La Hoguera de las vanidades”, y a partir de ahí un castillo que subía, como si alguien lo hubiese construido a posta. Sajárov, Roth y un libro de autoayuda en la misma planta; “ La guerra de los mundos”, de la misma colección, estaba apoyado en los textos de Álvaro Siza, y arriba del todo, semioculto por una pequeña edición de “El señor de las moscas” asomaba la barretina de Josep Pla. Aquel libro debía ser una pieza clave de la estructura. Nada más tocarlo el castillo se derrumbó con un estrépito sordo de páginas apretadas y tapas duras y blandas, y entonces apareció una portada con un balón de fútbol. Lo que me llamó la atención es que era uno de aquellos Tango Adidas de los mundiales. Aun recuerdo como olían (mi tía me trajo uno de Madrid en una de sus muchas y esperadas visitas a Huelva).

Casi instintivamente olvidé a Josep Pla. El pequeño libro del balón, de tapa blanda, con una edición pobre, tenía los rebordes algo gastados. El diseño de portada era muy básico; un fondo negro enmarcado por un borde rojo, casi marrón, y la figura de aquel balón en el centro. El nombre del autor en blanco, con una letra de impresión que imitaba a las de las antiguas máquinas de escribir (en casa había una Olivetti que nadie usaba ya), y el título en la parte alta, más grande y con la misma grafía. “La hierba bajo los adoquines”, de Alexander Redcore. La encuadernación era pobre, hojas finas y rugosas, poco más de cien pequeñas páginas, y la grafía volvía a recordar a las antiguas máquinas de escribir. Era de esos libros que permiten que los retuerzas y no se deshacen. No había rastro de la editorial en la portada. La contraportada tenía un pequeño texto en blanco, una sinopsis que finalizaba con una curiosa cita: “Más que suficiente, es demasiado”

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