ROMA

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Mi compañero de mesa había vuelto la mirada hacia mí. Me pareció inquisitorial; extraño en una conversación amigable. Buscaba la mía y la encontró. Notaba que algo atraía mi atención robándosela a él, y era cierto. Las paredes del restaurante estaban cargadas de pequeñas fotos. En todas ellas, o en la mayoría, aparecía invariablemente la misma cara, el mismo hombre a distintas edades; más delgado aquí, allá con una incipiente barriga. Debe de ser el tal Ivo, pensé. Para llegar hasta allí, mi mujer y yo habíamos cruzado por el puente Garibaldi desde el norte, o eso creo, no me oriento muy bien. “Fluido como el Tíber cuando hablas griego; cojo y tartamudo, Claudio, con el Latín”. Aquel lugar en el Trastévere venía en nuestra inseparable “Lonely Planet”; “una de las más famosas pizzerías del barrio. Ivo lleva cocinando pizzas más de cuarenta años, y los que le quedan. Con el televisor encendido en la esquina y las mesas llenas, Ivo es un lugar ruidoso y vibrante donde las crujientes pizzas se elaboran con ingredientes convencionales (las excepciones incluyen un gorgonzola poco ortodoxo y manzana). Los camareros encajan en el estereotipo italiano. Las mesas muy juntas. Repetirá”. Y tan juntas. Tuvimos que compartir una alargada con un mantel a cuadros rojos y blancos. Una pareja acompañada por la hermana de él, una recién jubilada que decidió mudarse a Roma, fueron a cenar a Ivo esa noche, y nos sentaron juntos. Eran de Úbeda, gente simpática. Tuvimos suerte. La conversación se inició con la invitación por parte de ellos para que probásemos el vino que habían pedido. No fue fácil encontrar uno que nos gustase desde que llegamos a Italia (tampoco somos unos expertos). Aquel nos gustó. Comenzamos a hablar de pizzas, vino y Roma, y acabamos llegando a Úbeda, a la administración de loterías que regentaba la mujer. Supimos de la infancia de Muñoz Molina. Vecino, buena gente su familia. La conversación fluía empujada por las botellas que fuimos pidiendo pero de vez en cuando mi vista se iba a las paredes y perdía el hilo. Había una cosa que sobresalía del resto de imágenes que adornaban el restaurante y que era lo que durante unos minutos me llamó más la atención. Ya no me ha abandonado nunca. Un gigantesco Francesco Totti. La foto ampliada, haciendo que el capitán fuese más grande que si estuviese allí en persona, o al menos eso me pareció, no mostraba a un jugador de la Roma, mostraba a “La Roma”.
-Es el fútbol.- intervino mi mujer devolviendo mi atención a la mesa- Lo atonta, ¿sabe?
La noche en Roma se alargó con nuestros tres compañeros. La diferencia de edad no impidió que nos divirtiésemos juntos. De Ivo al Art two, un bar de copas. Siempre en el Trastévere. Del Art two al hotel bastante perjudicados; yo el que más, repartiendo abrazos al despedirnos. Subir a la cúpula del Vaticano al día siguiente con semejante resaca fue un error. Incluso en buen estado lo hubiese sido.
Dos días más tarde, lunes noche, se cumplió la profecía de “la Lonely”; le habíamos cogido cariño a aquél pequeño libro. Volvimos a Ivo. Esta vez estaba vacío, podíamos elegir cualquier mesa. Elegimos la misma, miré a mi derecha y “La Roma” seguía allí. Y envidié a los Romanos.

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