NOS HAN ROBADO EL CICLISMO

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Durante una reunión del War Cabinet, cuando aún los Estados Unidos no habían acudido a las múltiples llamadas de Winston Churchill para frenar la expansión del III Reich, varios generales Británicos y otros aliados debatían sobre estrategia y tácticas a utilizar para derrotar a la Wehrmacht en el norte de áfrica. En aquella conversación apareció un general polaco que no había dicho “esta boca es mía” hasta ese instante y dijo… Todo eso está muy bien, pero además hay que ser más fuertes que ellos.

Esto, que parece una obviedad, en la guerra es importante, en el deporte lo es también, pero depende de cual de ellos sea. En el fútbol es relativo, eso lo hace tan grande. Cualquiera podría ganarle algún partido a un equipo poderoso utilizando táctica y estrategia adecuadamente. Pero en otros deportes, si uno es más fuerte no hay nada que hacer para vencerle. Uno de dichos ejemplos es el ciclismo. Por muy bien trabajada que esté una carrera desde el punto de vista táctico y estratégico, si hay un corredor que sobresale por su poderío físico y por su resistencia, no hay nada que hacer contra él.

El cilcismo, tan seguido antaño (recuerdo no perderme un una etapa de la vuelta en la época de los hermanos Gorospe, Lucho Herrera o Álvaro Pino), ha perdido gran parte de su audiencia tras una última década de engaños, trampas y decepciones, y todo ello porque por su naturaleza, cómo decía el general polaco “Hay que ser más fuertes”. El dopaje se convirtió en las cabezas de directores deportivos, ciclistas y demás involucrados en los equipos profesionales  en algo obligatorio en el preciso instante en que uno de ellos destacaba sobre los demás debido a esto. A parte del sentimiento de estafa que ha dejado en muchos de sus antiguos seguidores (entre los que me incluyo), el dopaje se ha llevado por delante las vidas de desconocidos y leyendas (Marco Pantanni). Hoy nos despertamos con que el “gran” Lance Armstrong renuncia a defenderse de las acusaciones de la agencia americana contra el dopaje y es desposeído de todos sus títulos.

La sangría no para y a pesar de que lo he intentado en varias ocasiones, no consigo reengancharme a este bellísimo deporte. Lo han ensuciado, y ya no me creo ninguna de las gestas que veo en el Tour, la Vuelta o el Giro.

¿De verdad son necesarias veintitantas etapas en las grandes vueltas?¿Es necesario hacerse doscientos kilómetros y terminar subiendo el Anglirú , el Alpe D’huez o el Mortirolo?¿Hay cuerpos capaces de resistir todo esto? Desde mi inexperta opinión sobre el tema, o se realizan cambios en este deporte para que ser el más fuerte no sea tan importante o nos quedamos sin ciclismo profesional. No se, a mi ya no me sirve ni para la siesta. Una pena.

Narciso Rojas

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