El fútbol se muere de éxito

El 18 de junio de 2013, Belén, una aficionada al fútbol de Salamanca, entró en la aplicación de twitter de su móvil y leyó el siguiente mensaje en la cuenta oficial de su club: “La junta de acreedores no alcanza el quórum necesario y se procederá a la apertura de la fase de liquidación del concurso de la UD Salamanca”. No soltó ni una lágrima, ya lo hizo meses atrás. Los clubes no se mueren de repente. Tres minutos más tarde, el community manager del Salamanca volvía a publicar: “Hoy es el día más triste de mis 90 años de historia. Estoy en cada una de vuestras lágrimas. Viviré siempre en vuestros corazones. #HalaUnión”. El fútbol español perdía a un histórico hundido en la segunda B, pero prácticamente sólo en Salamanca fueron conscientes de ello, en el resto del país la liga había terminado y los aficionados estaban a otra cosa. El árbol cayó en medio de un bosque vacío.

Casos como el de la Unión se han venido sucediendo desde entonces, y desde antes, en un fútbol que tomó el camino equivocado tras el diagnóstico erróneo que hicieron los políticos de los años noventa. Las deudas que en aquellos años acumulaban los clubes –en aquel entonces sí eran clubes- provenían de disparar con pólvora ajena; pero no eran los aficionados, los que lo hacían, no. Los aficionados -socios- habían renunciado a la gestión y habían dejado el timón en manos del establishment de sus ciudades y pueblos. Los clubes fueron los pioneros de la postverdad y de la actual dictadura de las emociones. El poder y las influencias que se obtenían desde los despachos presidenciales de estos se basaban en el amor incondicional que sus aficionados profesaban por su equipo. Pero para que ese amor no tornase odio a la afición había que darle éxitos deportivos, y esos, en el corto plazo solo son posibles con operaciones de inversión de alto riesgo. Gastaron el dinero que no tenían.

La deuda total del fútbol español alcanzó los 180 millones de euros, dividida a partes iguales entre deuda pública y privada. El dinero despilfarrado no provenía de los bolsillos de los gestores, provenía de las arcas de los clubes. ¿La solución? Quitarle la propiedad a los socios, convirtiendo los clubes en sociedades anónimas deportivas. Desaparecían las asambleas de socios para dejar lugar a juntas de accionistas, en las que la existencia de un socio mayoritario destruía una democracia no ejercida hasta entonces. En unidad de acto los aficionados descubrieron que habían tenido capacidad sobre las decisiones que se tomaban en el club y que esta capacidad se les arrebataba.

Con el nuevo marco legal, en teoría, se limitaron las inversiones en jugadores, se creaban consejos de administración con responsabilidad personal sobre las pérdidas, y se suponía que los accionistas mayoritarios cuidarían de sus inversiones, pero la realidad fue bien distinta. En un giro lampedusiano, los aficionados vieron como los desmanes continuaron, y en muchas de sus entidades no tenían ninguna capacidad para frenarlos. Algunos clubes, en manos de propietarios particulares, se dirigieron a toda velocidad hacia el precipicio mientras los aficionados miraban su carnet de socio y entendían que ya no era más que un abono de temporada. No podían hacer nada. Así llegó la desaparición de la Unión en Salamanca en 2013, del C.D. Logroñés en 2009, del C.D. Mérida en el 2000, del C.F. Extremadura en 2010 o de la S.D. Compostela en 2006.

El sufrimiento que padece un aficionado que asiste a la liquidación de su club es enorme, igual que las emociones que este desata, o desataba cada domingo y de las cuales bebían los antiguos oligarcas.

Ahora siguen siendo esas emociones el principal atractivo de estas entidades. Los aficionados pasaron por una fase en la que aceptaron su papel de meros clientes. Pero los que se acercan a ellas lo hacen con el símbolo del euro marcado en la frente. Ahora, de nuevo twitter nos arroja a la cara información sobre este fútbol con imágenes como las de esta semana de la Guardia Civil registrando el estadio del Córdoba, o el expropietario del Recreativo de Huelva sentado en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial. El Real Oviedo estuvo a punto de desaparecer, al igual que el Decano del fútbol español, o el Sporting; todos ellos en manos de propietarios, pero con una notable diferencia. Sus aficionados no se han plegado ejercer el papel de simples consumidores de fútbol y han decidido pasar a la acción. Son clubes de tamaño medio o pequeño que se la juegan cada domingo para seguir vivos, en los que las tensiones entre propietarios y aficiones se han convertido en el pan nuestro de cada día. El problema es que están en el interior de una “fútbolsfera”, que empieza a dar síntomas de putrefacción mientras la corteza opaca, brillante y reluciente de las grandes competiciones oculta la infección. Los clubes, de la mano de hombres y mujeres de negocios, les han dado la espalda a las comunidades en las que desarrollan su actividad, para virar la proa hacia los contratos millonarios de las categorías televisivas. Pero quieren alcanzarlo a corto plazo, y eso devuelve a los clubes al riesgo. De nuevo están en manos de gestores que no entienden su idiosincrasia. La anatomía de estas entidades no se adapta al medio de las sociedades anónimas deportivas.

El siguiente es el Córdoba, que ha sido sentenciado a muerte tras la luz verde para la venta de la Unidad Productiva. Es decir, otra SAD se hará con los derechos del Córdoba CF SAD para explotarlos, mientras que el original queda abocado a la liquidación. De hecho, esta venta de la unidad productiva se hace para liquidar y poder pagar algo de deuda. ¿A nadie se le ha ocurrido ofrecer a los aficionados la propiedad en régimen democrático del club?¿No serían ellos los mejores para darle carta de veracidad a un proyecto serio que hiciese participar a las fuerzas económicas y sociales de Córdoba? A nadie.

Tratarán de vendernos que la Unidad Productiva del Córdoba FC SAD es el antiguo club, pero no nos engañan.

Ahora mandan los dividendos, y el juego ha pasado de ser un acto de comunidad e identidad a ser un espectáculo de fácil digestión. El aficionado ha emigrado desde los campos de fútbol al sofá de su casa, y la parrilla televisiva no deja huecos en el fin de semana para que los clubes de pueblo puedan atraer a sus cientos de fieles. Los que aspiran a dar el salto, clubes del tamaño de los desaparecidos que listábamos antes, se convierten en despropósitos financieros. Si suena la flauta, con suerte aguantan lo suficiente para recuperarse de las deudas contraídas con sus propietarios-prestamistas, pero si no, de nuevo alguna Belén, mientras pasea por su ciudad, abrirá la aplicación de twitter para ver que su club desaparece, y que las lágrimas vertidas en los últimos meses dan paso a la nada de los domingos del futuro. Y los gritos de los que ven el fútbol en la tele del bar de la esquina le susurrarán al oído la gran verdad: el fútbol se muere de éxito.

 

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“Huelva existe”. Ideología o territorio.

Las elecciones del 10 de noviembre nos han dejado el parlamento con más partidos representados de la historia de nuestra democracia. Cada uno de los casos de éxito de estos partidos que están ahora y no estaban hace cinco años tiene una explicación propia, y su desembarco en las cortes tiene un objetivo claro.

Si vamos, caso por caso, a las causas visibles de que esto haya ocurrido y empezamos a tirar del hilo, los motivos se irán abriendo como un árbol hasta dar con la causa raíz: los “grandes” partidos le han acabado dando la espalda al espíritu con el que se diseñó nuestro parlamento democrático. El parlamento se confecciona con un sistema que se basa en dos pilares fundamentales: la representación ideológica de los ciudadanos y la representación territorial. Es decir, en las elecciones generales votamos a un partido basándonos en su programa electoral, pero lo hacemos sobre candidaturas provinciales de las que salen un número de diputados que representan, todos ellos, a los ciudadanos que les han elegido en las distintas circunscripciones. El engranaje entre estas dos representaciones de diferentes naturalezas es un trabajo que recae sobre los diputados y sobre sus partidos, y precisa de una educación democrática inexistente a mí entender.

Huelva es un claro ejemplo de ello. Los grandes partidos han pasado por todas las instituciones de gobierno que afectan a nuestra provincia: ayuntamientos, Junta de Andalucía y gobierno central, y el resultado al evaluar cómo nuestra provincia ha quedado legislatura tras legislatura es siempre el mismo, muy deficiente. Siempre olvidada, tratando al onubense como ciudadano de segunda. Es decir, el poder real de representación territorial de los diputados que salen de nuestras votaciones es nulo. ¿Por qué?

Porque el sistema de funcionamiento interno de los partidos políticos es contrario a la democracia y a la representación real. La persona que entra en política afiliándose a cualquier partido y con interés en hacerlo de forma activa debe plegarse a una disciplina interna draconiana. O estás con los de arriba o no estás en el aparato. Los partidos, y los ciudadanos, hemos interiorizado que el debate interno es síntoma de debilidad, de falta de rumbo; la imagen de los partidos de cara al exterior –al votante- es fundamental a la hora de obtener votos; así que todos deben plegarse a los designios del líder de turno, el cual habrá alcanzado esa posición plegándose a su vez al líder anterior, y así, sucesivamente, hasta donde se desee. Es un proceso de esquematización del candidato político, que, para no resultar incómodo (y por tanto eliminable de la carrera) abandona su obligación de participar en la construcción de ideologías afines a su partido, haciendo suya la de la cúpula, y abandona su obligación de representar a un territorio entregando su voto en cada acción legislativa a la opción que le dictan de nuevo desde la cúpula de su partido.

Para los votantes y su ideología a la hora de depositar el voto el daño es controlado. Pueden y deben existir debates internos, pero si no los hubiese todos sabemos a lo que nos atenemos en lo que respecta a políticas sociales, de empleo, tributaria, de sanidad etc. Pero, ¿qué ocurre con la representatividad territorial? Es decir: un votante de PSOE de Huelva a buen seguro tendrá intereses y necesidades coincidentes con otro del PP, de Ciudadanos, de Podemos o de cualquier otro partido, y todo esto por el simple hecho de ser onubense, ¿quién trabaja en nuestro parlamento para que esas necesidades se cubran? Deberían hacerlo nuestros representantes, sean del color que sean, pero no hace falta que les informe de que eso no ocurre. Es decir, la disciplina interna de los “grandes” partidos anula la posibilidad de que nuestros representantes nos representen como ciudadanos de una unidad política del estado llamada provincia de Huelva.

La aparición de partidos que basan su programa en propuestas de gran peso específico en el ámbito territorial parece la solución para que estos desequilibrios desaparezcan. En estas elecciones es llamativo el diputado conseguido por la formación Teruel Existe, que ha hecho que muchas miradas de onubenses se dirijan con curiosidad hacia esa provincia aragonesa.

Teruel existe ha despertado el lado más reivindicativo de una población con un alto porcentaje de indignados por un trato discriminatorio hacia nuestra provincia en lo que respecta a sanidad, infraestructuras, seguridad, etc. Incluso han aparecido en redes sociales algunos conatos de debate sobre la posibilidad de crear una organización política denominada “Huelva Existe”.

La aparición en Huelva de una opción de este tipo parece fundamentada y fundamental. El hartazgo con el gobierno central y la Junta de Andalucía no entiende de colores en nuestra provincia. La disciplina de partido, como decíamos, inhibe cualquier posibilidad de que Huelva salga del ostracismo político, pero la falta de alternativas nos llevan a unas urnas a depositar un voto exclusivamente ideológico, convencidos de que nada cambiará en lo que se refiere a problemas exclusivos de Huelva.

“Huelva Existe” entregaría al ciudadano una opción para subsanar la falta de representación territorial de nuestra provincia en un parlamento dominado por la disciplina de partido. Pero ojo, este ciudadano debe desprenderse de su “necesidad” de emitir un voto ideológico. Y aquí está la encrucijada.

Un movimiento político exclusivamente territorial en Huelva es imposible desde el instante en que tendrá en sus filas y entre sus líderes a personas con ideología. Nadie es onubensista a secas. Además de esto, que podría alejar a los votantes que no se identifiquen ideológicamente con los líderes, está el hecho de que todo votante que apoyase a una candidatura así, al mismo tiempo retiraría su voto de una que le representa ideológicamente, con lo que sabe que debilitaría a la opción política que le parece más coherente para los temas que afectan a todo el país. El voto útil, o ver su voto apoyando un gobierno de una ideología distinta a la suya son opciones que una candidatura de estas características deberá superar en la cabeza de los electores, y eso necesita seriedad y mucho trabajo.

El sentimiento territorial tampoco es el mismo en la capital que en el Andévalo, o la Sierra, o el Condado, o la Costa occidental, o la Cuenca Minera. Esta opción debe conocer las necesidades de estas zonas, tener a miembros de sus localidades en su seno, y proponerles cosas que realmente vendrían a mejorar sus vidas.

“Huelva Existe”, o como quisiera que se llamase esta opción si apareciese, no puede nacer de la noche a la mañana, no. Necesita recorrer un camino previo de éxito que lo enlace con la sociedad civil onubense. No puede ser una simple opción política con un programa y una papeleta, porque eso solo es papel. Debe tener una vida previa con hechos reales antes de llegar a las urnas; y por supuesto, debe tener un discurso y una actividad que se dirija al cerebro de los onubenses y no a su corazón, cosa compleja si se habla de territorio, pero no imposible.

Huelva precisa que sea defendida en el parlamento. Ojalá los grandes partidos fuesen capaces de cambiar, pero en vista de que eso es imposible, la puerta a un partido de ámbito provincial la han abierto y la mantienen abierta ellos. Si alguien decide cruzarla, esperemos que sea gente seria.

Narciso Rojas.

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Monumentos a la afición

En diciembre se cumplirá un año del anuncio por parte del Ayuntamiento de Huelva del acuerdo al que había llegado con el Trust de aficionados recreativistas y la Federación de Peñas para realizar una modificación de los estatutos del Real Club Recreativo de Huelva que proporcionase capacidad de decisión en algunos aspectos de la gestión del Decano a la afición. Además, este cambio estatutario, recoge la creación de una asamblea consultiva de aficionados, sin carácter vinculante pero a la que los órganos de gobierno del Recre deberán informar, al menos anualmente, y previa realización de operaciones de enajenación de propiedades del Club.

Este cambio en los estatutos es un paso hacia la democratización del Decano que debe de estar a punto de convertirse en una realidad legal –siendo ya un compromiso político- mediante su aprobación en una junta de accionistas.

Es una deuda que el Ayuntamiento tenía con los aficionados que consiguieron recaudar una gran parte del millón de euros que se necesitó para salvar al Recre del descenso a tercera y la desaparición.

Este cambio estatutario, la futura supresión de la deuda económica con la afición con la entrada de esta en el accionariado, y el monumento que se proyecta para la celebración del 130 aniversario son el mejor homenaje que nos podemos hacer en Huelva a nosotros mismos después de conseguir lo que en 2014 nos hubiese parecido un milagro.

Mirar hacia atrás y vernos con la soga al cuello, maniatados por Hacienda (lógicamente) y por un propietario que ya los juzgados han descrito con claridad en dos sentencias (y las que llegarán), y recordarnos a nosotros mismos y lo que pensábamos por aquel entonces es un ejercicio necesario para, por comparación, terminar valorando el punto al que hemos llegado.

De ser propiedad de Comas a ser propiedad de la ciudad; de una afición que no contaba para nada a ser el primer club SAD que inserta a esta en sus estatutos para darles voz y voto; de no pagar ni la lavandería a pagar nóminas religiosamente el 25 de cada mes.

No sé el que lee esto qué sentirá. Yo lo tengo claro. Queda camino por recorrer, pero lo andado es magnífico, y el rumbo parece el adecuado. Si antes de inaugurar el monumento a la afición se ha aprobado el cambio en estatutos en Junta de Accionistas, yo, como aficionado de infantería, estaré allí el primero.

Seguimos.

PD: El próximo, una estatua homenaje a  W. A. Mackay, por favor.

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Huelva empieza hoy

La manifestación de hoy no debe ser el final de un camino. Tampoco debe ser un hecho aislado. Debe ser el inicio de algo que va a ser duradero.

Hoy, los onubenses, debemos irnos a casa muy enfadados.

La manifestación de esta tarde debemos convertirla en un agrupamiento de las tropas para el inicio de una guerra que va a ser larga.

Si queremos conseguir lo que queremos y merecemos por justicia histórica, debemos convertirnos en un pueblo incómodo para el gobernante. Los que mandan deben tener claro que en nuestra ciudad tienen abierto un frente de batalla, tienen un problema grande que, o resuelven, o les va a costar caro.

Mientras no entendamos esto, la manifestación de hoy será un acto vacío.

Nadie nos va a construir una estrategia de guerra, tiene que salir de nosotros. Una estrategia en la que lo de esta tarde no sea más que una pieza más, fundamental pero inútil si no le siguen más acciones. Huelva necesita un movimiento ciudadano libre de ataduras políticas, que vaya con todo contra todos, y que sea capaz de organizarse para arrostrar una lucha que se va a alargar en el tiempo.

Debemos ser resistentes, no desfallecer y golpear hasta que el país al que pertenecemos gire su mirada hacia el suroeste. Sólo con el convencimiento de que lo que pedimos es justo, y con el conocimiento por parte de todos de que esto va a ser muy largo, seremos capaces de construir un “ejército” ciudadano dispuesto a dar la cara sin descanso hasta la victoria.

La manifestación de hoy es solo el principio. Si nos volvemos hoy a casa enfadados y al mismo tiempo satisfechos de nosotros mismos habremos fracasado.

Los onubenses tenemos la obligación moral de enfrentarnos a una injusticia histórica si queremos dejar una provincia con más oportunidades para nuestros hijos y nietos.

Empezamos hoy. Nos vemos en las calles.

 

 

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Demonios y política

En el pleno del Ayuntamiento de Huelva de diciembre de 2018 -en el que se aprobó el plan de rescate del Recreativo de Huelva- hubo un episodio sobre el que he reflexionado bastante desde entonces, y que, después de una noticia reciente en la que se especulaba con mi posible entrada en la política de nuestra ciudad y ciertas reacciones que esta ha provocado, ha vuelto a mi cabeza.

En ese pleno, el concejal de Mesa de la Ría, D. Rafael Gavilán, llegó a argumentar que “el presidente de alguna asociación de aficionados” defendía la postura del equipo de gobierno por tener, quizás, algún oscuro interés político en el futuro. La traducción era que yo, Narciso Rojas, me posicionaba de un modo determinado porque quería ir en las listas del PSOE en Huelva. Me pareció muy interesante que semejante demonización de lo que él llamaba interés político viniese de alguien que hablaba desde su asiento de concejal. Es decir, ponía en tela de juicio sus propios intereses pasados, presentes y futuros al haberse dedicado a la política, y lo hacía públicamente y usándolo como arma arrojadiza, es como si gritase: “¡infame, quieres ser como yo!”

El periódico digital Huelva 24, en su sección denominada “El Run run”, hizo un silogismo bastante simple por el cual, si yo dejaba la presidencia del Trust tenía que haber algún motivo “oculto”, y teniendo en cuenta la cercanía de las elecciones proponía como posible la opción de que yo fuese a formar parte de las listas del PSOE. Hay que decir que el trato de la invención, al menos, fue amable conmigo,cosa que les agradezco. Las reacciones no se dejaron esperar. Un par de tuiteros aburridos presuponían que la noticia era casi cierta, y reflexionaban negativamente sobre el tema. Fran Barbosa, en la Cadena Ser, después de una intervención de Raul Villalba sobre el Trust (siempre objetivo) y cómo quedaría este tras mi salida, dejó una pregunta en el aire al comentar dicho “run run”: “veremos si el Recre ha sido objetivo o simple trampolín”. Es decir, cuatro años de lucha, de ideas, de movilizaciones, de querellas, puede que solo hubiesen sido usados como un escaparate para la entrada en la vil política. La máquina del fango en funcionamiento.

El trasfondo de todo este asunto va más allá de estas anécdotas en las que me he visto envuelto involuntariamente, aunque me sirven para introducirlo. El trasfondo es que, sin darnos cuenta, estamos demonizando la política y el “poder”, y eso tiene un resultado negativo sobre nosotros mismos y nuestra sociedad.

Mientras veamos el ejercicio de la actividad política como algo negativo (entendible si te paras a leer los periódicos); mientras cubramos con una oscura capa de suciedad cualquier intento de entrar en el mundo de la gestión pública, las personas que podrían hacer política con mayúsculas, con ideas y vocación de comunidad, con ganas de trabajar para mejorar la sociedad, y con capacidad para ello, no se acercarán jamás a un sitio donde son muy necesarios. Estamos dando por hecho que todo el que se decide a tomar la iniciativa lo hace movido por oscuros intereses personales, lo que aterrará a los que sienten el placer personal de hacer que sus ideas se lleven a cabo porque piensan o saben que harán el bien a la comunidad en la que viven.

Con actitudes tan irresponsables como la de Rafael Gavilán en aquel pleno, con comentarios con tanto fango informativo como el de Fran Barbosa en ese programa de radio, o con nuestra actitud en redes sociales estamos ahuyentando a los buenos de la política, y eso va en detrimento de todos nosotros. No es mi caso, no tengo ahora mismo ninguna motivación personal para dedicarme a la política, pero los que sí son buenos y están observando estas cosas darán, con razón, un paso atrás.

Si demonizamos la política puede que un día solo entren en ella los demonios. Reflexionemos sobre esto.

Narciso Rojas

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Un Recre autosuficiente.

De nuevo la falta de profundidad inmanente a las redes sociales está transformando por simplificación el discurso de la responsabilidad en otra cosa distinta.

Los que abogamos por un Recre sin déficit no hablamos de miserias, todo lo contrario.

Tras una lucha por la supervivencia de más de cuatro años a los recreativistas nos ha llegado la hora de rematar la faena. Lo que decidamos va a marcar el futuro del club. Como es normal existen diferentes formas de verlo, todas respetables y con derecho a ser defendidas. La que en la última asamblea del Trust se decidió defender no es, ni por asomo, lo que a algunos compañeros recreativistas les están contando. De manera que, para evitar confusiones y malos entendidos, vamos a explicarlo de la manera más clara posible.

El Trust opina que el Recre debe convertirse en un club autosuficiente. Para ello, teniendo en cuenta todas las obligaciones de pago que los desmanes de anteriores propietarios han dejado, a los ingresos ordinarios que tenga el club (abonos, patrocinios fijos, estimado de ingresos por partido, merchandising afianzado, etc.) habrá que restarle los pagos a Hacienda, Seguridad Social, convenio de acreedores, acuerdo de pago a Eurosmop, acuerdos con exempleados, etc. Tras realizar esa resta al club le quedará una cantidad de dinero que deberá usar en mantener su actividad, es decir, pagar a empleados, mantenimiento, plantilla de jugadores, etc.

Cualquier céntimo de euro que se gaste de más significará un problema para la estabilidad del Recre como persona jurídica.

El objetivo del Recre debe ser incrementar los ingresos con sus propios recursos. El club debe comenzar a ampliar los ingresos por patrocinios, y eso se consigue haciendo que las marcas quieran ver asociada su imagen a la filosofía e imagen del Recre. El club debe incrementar sus ingresos por partidos, por merchandising, y por cualquier otra vía de explotación.

Afianzar esos ingresos extraordinarios como ordinarios y asociarlos a un equipo técnico que sea capaz de optimizarlos dejará cada vez más margen para la construcción de una plantilla competitiva.

Poner un valor a la plantilla que se podrá hacer la temporada que viene es un error. Lo que sí debemos hacer es exigir que el club salga de la actual parálisis en la búsqueda de recursos propios para que la cantidad de dinero disponible sea lo mayor posible, siempre sin olvidar invertir en la cantera, donde el trabajo a largo plazo debe ser la clave del Recre del futuro. El consejo ha llegado más lejos de lo imaginable en la situación en la que ha trabajado. Ha llegado el momento de darle recursos para que esto despegue.

Otra idea muy extendida es aquella que confunde propiedad con gestión. En el Trust entendemos que la propiedad debe recaer en los aficionados, que estos deben sentar las bases sobre las que se cimiente la filosofía del club y aprobar el marco normativo al que amoldarse a la hora de gestionarlo, pero la gestión debe recaer en personas preparadas para ello. El Recre necesita a los mejores en marketing, comunicación, dirección deportiva, en el banquillo, en formación… y eso contratándolos con el dinero disponible. Los que creen que nosotros defendemos que el club sea gestionado por los aficionados no han entendido lo que proponemos. Puede que no nos hayamos explicado bien, o puede que se hayan formado una idea con la que se sienten cómodos y no quieran deshacerse de ella. Sea como fuere, ahí queda la explicación.

No nos quedemos en la superficie. Profundicemos en lo que significa la gestión de una entidad como el Decano y entenderemos que sólo si se convierte en un club autosuficiente y sostenible podremos disfrutar de él sin pasar otra vez por lo que hemos pasado en estos cuatro años.

Y ahora a seguir disfrutando del momento del Recre, que nos lo merecemos todos.

¡Vamos, Recre!

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La podredumbre

Son malos tiempos para los discursos y las ideas; malos tiempos para la profundidad. Son tiempos oscuros en los que encender una luz, o al menos intentarlo, es revolucionario. En los que sólo la podredumbre perdura, porque construir te obliga a salir de casa, a quitarle tiempo a los tuyos, a invertir tu día. Pero destruir es rápido. Siniestramente rápido. Una mentira, un click y a por otro.

La podredumbre perdura. La luz necesita relevos y valentía.

 

Ojalá nunca se nos caiga el testigo.

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