Al Recre no le vale solo AMOR

El Real Club Recreativo de Huelva se instaló hace unos años –lo instalaron- en una situación que ha requerido un cambio radical en la forma de relacionarse de los aficionados con su club.

De una época de tranquilidad y bonanza, en la que el sentimiento y el amor lo eran todo porque el club no exigía nada más (aparentemente), en cuestión 2 ó 3 años nos encontramos al Decano en el centro de un campo minado, desangrándose económica y casi deportivamente, y con la afición instalada en la inercia de un amor y un sentimiento que se revelaban insuficientes para resolver la situación. El Decano nos exigía a voces audacia, conocimientos legales, valentía, conocimientos mercantiles, organización, planificación, altura de miras y otras muchas habilidades, que unidas a los sentimientos y al amor, eran las que nos daban una posible (aunque remota) posibilidad para sobrevivir como institución.

Se usaron todas ellas. El Trust (nadie más) fue a los juzgados a defender al club en el estado de derecho y quienes se habían instalado solo en el amor no lo vieron bien: el tiempo nos ha dado la razón. Se estudió la contabilidad de la entidad, detectando las mentiras del anterior propietario, llegando a la conclusión de que la montaña que había que subir podría estar en el Himalaya, mientras los que aún seguían instalados en el amor y los sentimientos caían rendidos ante los cantos de sirena de Cascajo y sus planificaciones económicas de la Señorita Pepis (“pagaremos con los derechos de televisión cuando ascendamos” ¿lo recuerdan? Nosotros sí) . El Trust convocó la manifestación que acabó echando a las calles de Huelva a cerca de 10.000 personas. Una manifestación que precisó trabajo de organización, directivos repartidos y en contacto con la policía, muchas reuniones para convencer a otros colectivos para que se uniesen. Los que nos organizamos estuvimos trabajando durante la manifestación. Busquen la cara de algún directivo del Trust en la pancarta de cabecera; no van a encontrar a ninguno de esos a los que unos pocos tachan de querer protagonismo; en esa pancarta estuvieron otros. Se diseñó una campaña de salvación (web, estrategias de recaudación, diseño de imagen de la campaña, acuerdos con entidades bancarias, confección de documentación legal). Todo hecho por el Trust con su directiva y voluntarios, mientras en otros lados se seguía pensando que nos salvaría alguien que vendría con dinero, mientras se le ponía la alfombra roja a algo que olía a lo mismo que había antes. Todo preparado según lo previsto para que se uniesen todos bajo una imagen que no era la nuestra, era independiente (Líberos del Decano) para evitar excusas, y en el momento en que terminaron los discursos en la Casa Colón empezase a llegar el dinero.

Y así sigue el Recre, requiriéndonos habilidades, planificación, inteligencia, mesura… en resumen: Construcción.

Mientras el Ayuntamiento se bate el cobre en Madrid con AEAT (con la que hay que cumplir si o si); mientras el consejo (del que nos enorgullece formar parte)  se parte la cara en el día a día para poner en orden lo más básico de la entidad con las pocas herramientas que tienen; mientras se trata de construir un posible futuro en el que la afición tenga su cuota de protagonismo, de un modo reglado, normalizado, con herramientas probadas (véase SLO entre otras cosas que vendrán), todo el que se acerque a esta construcción debe hacerlo con las herramientas en la mano y la cabeza fría. Sin pensar en otra clave que no sea la colectividad completa del Decano.

No es el momento de ser reaccionarios. Nadie debe atribuirse la voz de la afición desde NINGÚN colectivo. Trust, Federación de Peñas, grada de animación etc, solo representan a sus socios, y el abonado del Recre ha conseguido tener una figura a la que acudir, pertenezca a alguna de estas o no, para hacer llegar su voz al consejo.

Desde el Trust aplaudimos este avance, lo apoyamos, y queremos que se afiance. Sabemos que ya hay muchos candidatos para hacerlo que han salido de las gradas del Nuevo Colombino.

No es suficiente con amar al Recre, entre otras cosas porque todos lo hacemos. Ahora el club sigue precisando de nuestras habilidades, y en el futuro seguro que también, dotemos al Recre de las herramientas necesarias para que pueda usarlas. AVANCEMOS.

 

Narciso Rojas

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Texto para la fundamentación de la candidatura a Presidente del Trust de aficionados Recreativistas

La figura del presidente de la Junta Directiva del Trust de aficionados existe debido a una obligación legal por parte de la Junta de Andalucía. Alguien debe aparecer en los documentos como tal. Pero en los dos años de vida del Trust, con la directiva saliente, el trabajo en equipo y el conocimiento mutuo han hecho que cada persona se dedicase a realizar las tareas con las que más podía aportar; casi sin distinción de cargos más allá de la tesorería.

 

En esta ocasión he decidido presentar mi candidatura a presidente por tres motivos:

 

El primero porque alguien debe hacerlo para cumplir con los estatutos y así dar continuidad a la asociación sin necesidad de crear gestoras provisionales.

 

El segundo es porque aún no ha llegado el momento de parar de trabajar para la asociación. Las elecciones llegan en una época de transición, con un compañero jugándosela en el Consejo de Administración, con una querella que ha resultado clave en la historia reciente del club y que sigue su curso, y con el tercer paso que proyectamos hace más de un año aun por dar. Es momento de pasos adelante. Y no atrás o al lado.

 

Y el tercero, porque aún tenemos objetivos importantes que alcanzar, y estos objetivos nacen de la interpretación que la directiva saliente, a la que he pertenecido, ha hecho de la filosofía del Trust para con el Real Club Recreativo de Huelva y su gestión. La ratificación o no de mi candidatura por parte de los socios del Trust será la ratificación o no de los caminos trazados en estos dos años, y el apoyo o no a las acciones llevadas a cabo que nos han traído hasta aquí.

 

La candidatura, de ser ratificada, no tendrá una duración fija de 2 años. Si conseguimos alcanzar 3 objetivos antes de que se cumplan esos 2 años, presentaré formalmente mi dimisión para pasar a ser un socio más de la asociación (tampoco seguiré una vez cumplidos los 2 años, como está recogido en nuestros estatutis). Estos 3 objetivos a alcanzar están íntimamente ligados a la filosofía de nuestra asociación, y no son más que pasos hacia delante al encuentro de un Recre de sus aficionados.

 

  1. Conseguir la participación de la afición de un modo democrático en las grandes decisiones de la gestión del club; ya sea por la vía de la transformación estatutaria, por la vía societaria o por otras vías que aseguren que esto será un punto de no retorno en el futuro.

 

  1. La celebración de un gran congreso en Huelva en el que reunir a los referentes en la gestión de clubes desde la afición, asociaciones como la nuestra de otros clubes, clubes populares, y gente destacada dentro del mundo de la lucha por la recuperación del fútbol para sus aficionados. Un congreso que sirva para realizar una nueva puesta en común de ideas, y para que todos podamos aprender de los avances que se han conseguido en otros lugares y enseñar los resultados de nuestra lucha aquí en Huelva.

 

  1. Conseguir que el Real Club Recreativo de Huelva se acerque más a su comunidad, a su provincia, pero no de palabra, sino de acción. La puesta en marcha de proyectos (previo paso por nuestra asamblea) como la comunidad de clubes de la provincia de Huelva, u otros en los que ya se trabaja para recuperar el valor histórico del Decano, y hacerlo algo rentable, son modos cuantitativos con los que medir el avance hacia la consecución de los mismos.

 

Son objetivos medibles, y que pasado el tiempo permitirán a todos poder decir de un modo objetivo hasta donde conseguimos llegar teniendo en cuenta nuestros propósitos.

 

Que esta presidencia sea corta será una gran noticia para nuestra asociación, ya que significaría que se han conseguido esos objetivos, y que por fin el Trust podría romper el vínculo inevitable que lo une a sus fundadores, lo que como todos sabéis significa que habrá alcanzado la mayoría de edad, y con ella la madurez necesaria para volver a librar las batallas que fueran necesarias para defender algo tan valioso para nosotros como es el Decano del Fútbol Español. Después de esta legislatura deberá llegar el relevo.

 

Por todo lo expuesto, os pido la ratificación en positivo de la candidatura que presento a la presidencia del Trust de aficionados recreativistas durante estas elecciones.

 

Narciso Rojas.

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Lo que está pasando en el Recre 

Hay algo que no alcanzo a entender en la actualidad del Decano. Existe una corriente de opinión que expone su enfado (está en su derecho) por la falta de información con respecto a “lo que ocurre” con el Recre. Se le exige al Ayuntamiento, y con razón, que den explicaciones al recreativismo de lo que está ocurriendo. Lo que me extraña de todo esto es que, según lo veo yo, la información sobre lo que ocurre en el Recre está al alcance de todo el mundo, y me voy a explicar:

Con respecto a la venta del club, el ayuntamiento nos informa de que es indispensable vender el club. No me lo imagino, es lo que nos dicen (y creo que es lo que ha dicho el Alcalde en varias ocasiones en los medios). Además es razonable pensar que la venta debe hacerse con una base sólida de información sobre el estado del club. Puedo aseguraros que el representante del Trust en el Consejo nos da el punto y hora de ese trabajo, y está siendo un trabajo de chinos. Cuatro años de gestión de unos inútiles totales dejan mucho desorden. Se trabaja a destajo para tener la información cuanto antes.

Es necesaria la puesta al día de la SAD en el Registro mercantil, y de eso también nos han informado. Ha habido que rescatar actas de juntas de hasta 4 años atrás, recoger dimisiones y altas en el consejo, convocar con 1 mes de antelación la Junta de Accionistas que pondría todo en orden… tiempo, tiempo, tiempo… y trabajo, mucho trabajo. 
Y todo ello ¿para qué? Pues para poder vender el club.
Hacienda. No hay más información que la que ya conocemos. Hacienda precisa que se le pague la deuda contra la masa (6 millones de € aprox.) y así lo comentó Carlos Hita en la SER, y todos nos hicimos eco en RRSS. Ese dinero o lo pone el actual propietario o lo pone el que venga, cristalino.

Si lo pone el actual (para recuperarlo después) hará que la venta sea más concurrida, si lo ha de pagar el que venga, pues ya sabe que parte con -6 millones para empezar.

Hay que llegar al punto de la venta en las mejores circunstancias para tener más donde elegir. 
Roberto Sanchez nos cuenta una película de miedo cada vez que nos reunimos con él. Y esa misma película se la contará a los socios del Trust en su periódica reunión con ellos (debe faltar poco para la siguiente), anécdotas sin importancia pero que dicen mucho de lo tedioso que se vuelve dar un paso cotidiano en el Recre.
Si alguien cree que hay algo más, creo que se equivoca. La cosa es tan diabólica como sencilla. Poner al Recre en la casilla de salida es un esfuerzo titánico que espero que consigamos. Después empieza la partida. Esto es un infierno, pero lo sacaremos adelante.

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¿Por qué salvar al Recre?

No hay peor momento para pensar en el Recre que un lunes por la mañana camino de la ducha recién levantado. La oscuridad lo tiñe todo, y es mejor desterrar cualquier pensamiento si no queremos que acabe contaminado por el existencialismo y las tinieblas de esa maldita hora.

 

La pregunta es inevitable, y te asalta a esa o a cualquier otra hora del día: ¿Por qué salvar al Recre?

 

Las respuestas son variopintas, muchas de ellas demasiado asidas a la razón, otras desprovistas de esta y con un sesgo demasiado sentimental y vacío. Desde el que no ve ninguna lógica en seguir con esto adelante, el que dice que es mejor empezar desde cero, sin deudas; hasta el que entre lágrimas y con la mano en el pecho, teatral, exclama que moriría si su Recre desaparece. Ese es el espectro dentro del que nos encontramos la mayoría.

 

Cada uno tiene su respuesta a la pregunta. ¿Por qué salvar al Recre? Yo tengo la mía. Hay que salvar al Recre porque nos lo debemos a nosotros mismos. Somos los habitantes de una ciudad que ha vivido entre gritos reclamando nuestra historia y longevidad mientras íbamos derruyendo lo que esta nos había dejado a nuestro alcance, en una demolición de nuestra verdadera identidad cultural. El más claro ejemplo es el aspecto urbanístico de nuestra “querida” Huelva. Una ciudad de la que no queda vestigio de nada de lo que fue -grande o pequeño, mezquino o glorioso, importante o irrelevante- reconstruida por la mano de los mediocres de varias épocas, gente con falta de altura de miras, o sin ningún interés por la comunidad; apóstoles del dinero rápido y fácil. Y todo ello con el silencio cómplice de todos nosotros, onubenses ilusos que nos conformamos con Tartessos superficiales, descubrimientos puntuales y otras historias que casi rozan la leyenda y de las que en realidad no conocemos nada más que un puñado de datos inexactos que comentar en los bares.

 

Cada cierto tiempo a los onubenses se nos presenta una oportunidad para “reconstruir” nuestra ciudad. Huelva ha tenido cíclicamente oportunidades para crear su futuro. Todas ellas han sido desaprovechadas (feísmo, errores garrafales con la instalación de industrias, urbanismo sin visión de futuro), pocas generaciones no han contribuido a ello; y ahora llega una nueva. Pero curiosamente, aparte de tener la oportunidad para crear un proyecto de ciudad que perdure siglos, tenemos la tarea de mantener con vida uno de las pocas cosas que nos mantienen atados a nuestro pequeño pasado.

 

El Recre nos lo debemos a nosotros mismos, porque dejarlo caer sería un fracaso de todos los onubenses como comunidad. Debemos salvar al Recre para salvarnos a nosotros mismos, para alejarnos de esa mediocridad que nos ha llevado, generación tras generación, a “construir” una ciudad a salto de mata, sin proyecto a largo plazo, y sin el cuidado y el amor que realmente necesitaba nuestro pasado para conservar lo que nos iba dejando. El Recre es como esas contadísimas casas del centro de la ciudad que tienen más de 100 años, y que dicen más de nosotros que cualquier libro de mil páginas. Dejarlo caer es una operación que hunde sus razones en las mismas bases que han hecho de Huelva una ciudad sin historia. En esas bases está la dejadez y el camino corto disfrazados de un falso pragmatismo que trata de emponzoñarnos los oídos hablando de clones, dinero, prosperidad, presente; cuando en realidad la que habla es la mediocridad, la falta de altura de miras y la caspa que entre todos debemos quitarnos de encima.

 

Hay que salvar al Recre, porque de no hacerlo la sociedad onubense no será capaz de soportar la mirada que le llegará desde el otro lado del espejo cada mañana. Porque no debemos ver el día en el que nos gritemos a nosotros mismos auto engañándonos patéticamente que da igual, que este es otro club, pero en Huelva fuimos los primeros.

 

Debemos salvar al Recre porque en realidad, en el fondo de nuestro corazón, sabemos lo que hemos venido haciendo como sociedad durante toda la historia, y gran parte de ello no nos gusta.

 

Debemos salvar al Recre porque nos jugamos una herida en el orgullo que puede dejar una honda cicatriz en caso de fracaso, o porque, si triunfamos, ese mismo orgullo saldrá reforzado y puede darnos la confianza necesaria para ser capaces de seguir proponiéndonos retos que nos sirvan para construir una Huelva diferente y mejor.

 

Debemos salvar al Recre para salvarnos a nosotros mismos como grupo, como comunidad, como ciudad y como personas.

 

 

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Decisión y pensamiento puro

La toma de decisiones no es incompatible con el pensamiento puro. Se mueven en dos esferas distintas (puro), pero el trasvase de materia del segundo a las primeras es la clave de la consecución de lo que podríamos llamar fines ideológicos reales.

 

El proceso de maduración de una idea en la fase de pensamiento puro es un camino largo. La idea no debe tratar de exponerse, ni tan siquiera en su sentido más teórico, dirigiéndose a alguien que no sea uno mismo. Para ello debe estar en una fase de madurez ya bastante avanzada. Exponer una idea, una filosofía, cuando aun está por hacer es como pensar que un bebé podría valerse por sí mismo.

 

El proceso de maduración de una idea que aún reside en la esfera del pensamiento puro debe ser interno, silencioso, discreto, invisible desde el exterior de uno mismo. Sólo con el lenguaje propio de esta fase se pueden tomar notas, y que estas recojan ideas que se destilan de lecturas de otros que han pisado terrenos parecidos; frases que se pasan por el tamiz con la luz adecuada. Estas notas no tendrán sentido para el que no conoce “el idioma propio del que lo piensa”.

 

Como en una carrera de larga distancia, la maduración de la idea puede llegar a resultar una tarea agotadora, pasando por fases en las que se está al límite de abandonar (a veces se abandona), pasando por momentos de euforia (más peligrosos estos que los mismos desfallecimientos), clarividencias engañosas u oscuridades en las que reluce una luz débil que antes no veías. Y al final la madurez de la idea. Es ella sola la que te dice que está preparada para exponerse a los golpes de la realidad. Y entonces llega la hora de la valentía.

 

Se inicia una fase que va a llevarnos a la traducción desde nuestra propia lengua de pensamiento puro a la lengua con la que nos comunicamos con los demás. Una lengua mucho más torpe e incompleta que la que hemos venido usando hasta entonces sobre el tema en cuestión. La idea puede llegar a cambiar durante la traducción (cuanto más leve sea este cambio mejor). Lo positivo es que esta lengua va a servir a nuestra idea para dos cosas muy importantes. Primero someterse a las pruebas de resistencia de aquellos que tratarán de derrumbarla –debes incluirte tú mismo entre ellos- y segundo, encontrar aliados. Y es que, ¿para qué la sacamos a pasear si no es para convertirla en una realidad? Queremos que se materialice, mejore el sistema en el que sabemos que va a encajar y haga felices a los demás. Mejore nuestro “mundo”. Estos aliados serán los arquitectos y mecánicos finales. Aquellos que la hagan suya, la transformen y se comprometan para llevarla a cabo.

 

Estos son los “terminadores”, son los puntos en los que las esferas de las decisiones y el pensamiento puro se tocan. Son las personas que finalmente nos hacen avanzar. Los valientes.

 

N. Rojas

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Diarios de Odiel. Capítulo 4. La densidad del tiempo.

Conoce ese curioso momento de un vuelo en el que el  tiempo pierde densidad. Es la espera para comenzar a avanzar por el pasillo del avión hacia la puerta de salida. Algunos pasajeros están de pie, otros sentados rendidos a la evidencia;  muchos bajando torpemente sus maletas de los maleteros con tan poco espacio para moverse que se ven obligados a realizar escorzos imposibles; algunas caras denotan impaciencia. Yo ya estoy de pie, no sé por qué. Los minutos no son iguales en este momento que en cualquier otro. Sé que cuando comencemos a movernos esos minutos  comenzarán a extenderse, igual que los espacios que nos separan a unos pasajeros de otros, como silencios en una partitura. Cerca de la puerta de salida el tamaño de los minutos se consolida, manteniéndose hasta que alcancemos los largos pasillos del aeropuerto de Bristol. Allí se harán manejables, casi los puedes guardar en tu mano. Pero no serán los mismos para todos; cada uno tiene sus propios minutos. El aire frío me quita de golpe el calor artificial que traía (leer a Albert Camus tiene sus riesgos). La cartera la encuentro tras palpar el exterior de tres de los bolsillos; me descuelgo la mochila del hombro derecho y abro la cremallera para mirar dentro. Está el libro que acabo de guardar; está el cuaderno de notas y el pequeño portátil; está el manuscrito, el diario. Es desesperante vivir con esta cabeza.  Pienso en el resto del equipo, deben de    estar todos más atrás.

Tantas veces me he visto a mí mismo en aquella situación que, aunque fuesen distintos lugares, con distintas personas y por diferentes motivos, en realidad eran el mismo momento. Solo la presencia o la ausencia de ella en algunos me permitía distinguir unos de otros. ¿Cómo podría permitirme pensar en este tipo de banalidades cuando ella, que era siempre de los sentados y rendidos a la evidencia, estaba tan cerca? Solo dos tipos de momentos, aquellos en los que estaba ella y aquellos en los  que no.

Los largos pasillos del aeropuerto y mis manejables minutos me ponen a la cabeza del grupo. Voy delante, pero no soy el primero para las miradas de los extraños que nos adelantan o a los que adelantamos. Veteranos, más jóvenes, corpulentos, desgarbados, altos, bajos, serenos. Son la perfecta dualidad típica de un equipo. La homogeneidad de lo heterogéneo.  Avanzan como una piña, pero no van juntos. No se les nota inquietos por estar lejos de casa. Los hay que pasan más tiempo de la semana viajando que en casa, pero también hay alguno que puede que jamás haya salido de Huelva. La rocosa fraternidad de la tribu solidifica y se hace evidente para todos, pero sobre todo para mí, que ahora los observo desde fuera.

 

Hay pocas cosas, señora, como la primera pinta de cerveza que se toma uno al regresar a Inglaterra. Siempre trato que sea en un pub; ni en casa del mejor de los amigos sabe igual que en un pub. He llegado a tomarlas con el equipaje aún en el maletero del coche de alquiler. No digo que aquí en su casa no esté a gusto. De hecho, para hablar es mejor aquí; y la cerveza no está nada mal. Pero le hablo de algo difícil de explicar. La primera cerveza en un pub de Inglaterra es un estado de ánimo. Recuerdo algunas. Con veintipocos años en un O´Neills en Beckenham, muy cerca de la estación del Eurostar;  esta vez día, a pesar de haber llegado con el equipo, la primera fue obligada en solitario –tuve que ir a la reunión previa al torneo. Han habido muchas más, pero la que al final me ha traído hasta aquí, y respondiendo así a su pregunta, fue en Warminster. En The Rose & crown.

 

Hasta llegar a ese momento, cuando me paro a recordar los últimos años, con poco esfuerzo veo un plan; como un camino construido por alguien, lleno de pequeños hechos infinitesimales que de no haberse producido, o de haber ocurrido de un modo levemente distinto, no me habrían llevado a ese pub de Warminster. Había dejado el coche y la tensión que me provoca conducir por la izquierda aparcados junto a una gasolinera de la carretera que atraviesa la ciudad. Aquel fue el primer viaje en busca de Redcore, me enteré por foros de Internet de que no había fallecido aún y que había estado entre el público de una mesa redonda sobre literatura jamaicana en un pub de un pueblo de Wiltshare. Tenía bastantes anotaciones hechas, dudas que no me dejaban terminar la traducción. Compréndanlo, no soy traductor, lo hacía porque pienso que cuanta más gente pudiese leer ese libro, mejor. Me decidí a viajar y tratar de encontrarlo. Media hora con él habría sido suficiente para lo más importante. Por supuesto que era insuficiente media hora para todo lo que me gustaría hablar con él, pero siempre tiendo a ponerme en lo peor. Me auto convenzo de que será una persona huraña, malhumorada, con poco don de gentes, y así con que sea medianamente normal me resultará agradable conocerlo. Siempre me ha parecido una temeridad querer conocer a un ídolo –cantante, actor o actriz, escritor, deportista-la amenaza de que sea un perfecto gilipollas está ahí.

 

Pero vuelvo a The Rose & crown. La madera clara de la mesa, y sobre ella la pinta llena, y los guantes de cuero muy gastados, y rígidos, con forma, como dos manos relajadas, se diría que iban a tamborilear de un momento a otro. En eso pensaba cuando una voz me interrumpió “¿Te importa si me siento aquí?”. La mesa era amplia, como para seis personas, así que no vi mayor problema; y menos cuando alcé la vista y vi el aspecto de la chica. Llevaba un ordenador portátil abierto apoyado en la cintura derecha, con el gesto de la que lleva un cántaro; en la mano izquierda un móvil y un cable enrollado -¿el cargador?- la seguía la camarera, una rubia simpática, con una pinta y un plato con un leve bocadillo –demasiado leve para ser Inglaterra-. Es difícil decir, aún hoy después de haberla visto tantas veces, estando como está todo el día en mi cabeza, si era –es- rubia o pelirroja. Tiene días.

Plantó su ordenador en la mesa frente a ella, dejando orillados el bocadillo, la cerveza y a mí. Siempre me han llamado la atención esas personas que escriben a gran velocidad sin mirar el teclado. Ella lo hacía, e incluso mantuvo una conversación telefónica sin parar de escribir. Necesito estar muy pendiente de lo que habla un inglés para poder entenderlo todo; por alguna extraña razón me interesaba lo que ella hablaba –nerviosa, muy enfadada con su interlocutor, pero solo en el gesto, como si no quisiera que el otro lo notase. Sería su jefe-. Mantenía el teléfono pegado a su oreja ladeando su cabeza y encogiendo el hombro derecho, aprisionándolo entre ambos.

 

-¿Quiere comer algo?- La voz de la camarera me distrajo.

 

Negué con la cabeza sonriéndole

Hablaba de alguien. Un objetivo. Alguien sobre quién debía escribir. Un político. Iba a Chippenham. Disimuladamente, y sin saber porqué, abrí el mapa de carreteras que llevaba en la mochila y busqué la ciudad. Estaba cerca de allí, a unos 50 kilómetros. En el motivo por el que busqué ese lugar en el mapa está lo que me ha traído hasta aquí. En aquel momento no supe verlo, o no quise verlo. Son esas oscuras máquinas que están escondidas en tu interior; sabes que están ahí, las conoces, pero prefieres no pensar en ellas. Que funcionen con libertad.

 

No puedo explicar cómo llegué a verme a mí mismo, sentado en el coche y pensando qué camino tomar. Me esperaban en Bath, y desde allí un largo viaje en coche a Sheffield y Manchester; pero ahora quería ir a Chippenham. La conversación en el pub fue corta. Todo es relativo, claro. Esta sólo fue corta, y aunque no lo crea, la inició ella. Dijo algo que no alcancé a entender, de hecho pensé que hablaba sola. Pero cuando levanté la cabeza del mapa y la miré, sonreía. Se mordió el labio inferior y exageró el gesto de mirar hacia el techo. Dudé por un momento si asentir con la cabeza, a pesar de no tener ni idea de lo que me había dicho. “Perdona. No he entendido bien lo que has dicho”. No era necesario decir que yo no era inglés, mi acento me delataba; incluso mi aspecto me delataba. “No importa” me contestó con una sonrisa cansada. “Si importa. A mí sí me importa”. Le sorprendió mi respuesta.

A mí sí me importa. Esas fueron las primeras palabras que le dirigí. “I do does mater”. Probablemente no fue muy correcta la expresión en inglés. De hecho creo que forma parte ese hecho de que se interesase más por lo que le acababa de contestar. Así que me miró sonriendo, después se giró un poco hacia mi, apoyó sus codos sobre sus rodillas juntas, se agarró las manos y me dijo lentamente, “qué asco de políticos. Eso es lo que acabo de decir”, y se quedó esperando mi respuesta.

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Diarios de Odiel. 3. La arquitectura del fútbol.

Construir la base de este razonamiento que ahora me da por verter aquí, eso es lo que hasta ahora he hecho. Base que aun está incompleta, pero dado que la escritura va como el ánimo de uno, y hoy me vi con claridad para exponer esto, seguirá más adelante en este cuaderno.

Ahora hablemos del inicio de la “idea”, esa cuyos conceptos básicos son los ladrillos con los que se construye el edificio. Aquí comienza a asomar, entre toda la palabrería que sigue, los primeras formas fugaces de la filosofía. Es la imagen que queda al finalizar la lectura, pasados unos minutos, unas horas, días. Despojada de la herramienta imperfecta usada para exponerla y convertida en un mecanismo mental.

Es una idea que viene a reponer lo perdido. A poner en duda esas otras que nos han introducido en la cabeza sobre el fútbol, que de tanto convivir con ellas ya ni nos preocupamos por tratar de derribarlas o ponerlas a prueba. Rozando la metafísica. Si no nos preocupamos por ellas es porque las hemos interiorizado de tal modo que han desaparecido de la realidad, del consciente. No sabemos que están ahí, forman parte de nuestro “sistema operativo”, convivimos con ella como con nuestra respiración, pero en realidad se pueden poner a prueba. hablemos de “El centro de gravedad del fútbol”, y no olvidemos nunca que no es más que un juego, ¿o no?

La falta de material aceptable sobre la historia del fútbol proviene de la incapacidad que hemos mostrado durante años para entender  el juego, y del fallo de los que a ello se han dedicado a la hora de poner el foco en lo realmente importante; que al fin y al cabo es lo que hace del fútbol algo diferente, más allá de lo que ocurre en el terreno de juego.

Alejarse de lo que ocurre en el terreno de juego es, por otra parte, el peor de los errores que podemos cometer a la hora de abordar el tema. Como en los invisibles enlaces de las moléculas, el juego se une a la sociedad que lo rodea de un modo a la vez natural y a la vez difícil de entender. Es en ese enlace, en ese puente con una estructura compleja y sólida, donde debe ponerse la atención si se quiere comprender este complejo sistema. No se debe perder de vista que el objetivo no ha dejado de ser el mismo; alcanzar un modo de gestión eficiente y coherente con la naturaleza del juego y para ello debemos partir desde el análisis del núcleo de este que reside en esa conexión. Ni solo en el terreno de juego, ni olvidándonos de él.

Un claro ejemplo de esto es el camino que recorren los historiadores dedicados a este mundo, generalmente por afición, o como hobby. Aquellos que se dedican al estudio de los clubes pioneros ponen el foco en la parte documental. En su afán por dejar clara la antigüedad de sus clubes (véanse Sheffield FC, Civil Service FC, Hallam FC, y muchos más) la estructura de sus trabajos, y el reparto de espacios de los mismos, hacen que el interés se vaya hacia un papel, un documento, un apunte en un registro, convirtiéndolo, con un profundo análisis y girando sobre él como si de un tesoro se tratase, en el eje rotacional de todo su trabajo, desnaturalizándolo y haciendo que pierda utilidad. No se trata de obviar esa parte documental del tema, se trata de ponerla al servicio de los puentes de los que hablábamos antes. Si observamos el sistema tomando como punto de observación uno solo, convertiremos a este punto en el centro del mismo.

Situémonos para comprender mejor este asunto. Debemos viajar hacia atrás en el tiempo y usar la herramienta más poderosa que tenemos, nuestra imaginación. En el año 1865 en una ciudad pequeña de Inglaterra llamada Bradham -por ejemplo- un grupo de aficionados al cricket, cansados de los largos inviernos que no les permiten practicar su deporte favorito, deciden organizarse mejor a la hora de practicar otros deportes que algunos de sus socios usan para mantenerse en forma. Atletismo, Fútbol asociación y Rugby, equitación… los deportes de equipo son los que precisan de una mayor coordinación entre los socios, y es debido a estos por los que el club de cricket (sus socios en realidad) adormecido por el frío y la lluvia, como si de un personaje de Ovidio se tratase, sufre una metamorfosis. Se inician las primeras reuniones para organizar aquello mejor, más allá de un partido semanal de amigos. Al final, como es lógico, cuando se precisa gestionar algo que tiene un coste económico, se crea una “sociedad” (entiéndase por unión organizada de personas con un marco legal cuya naturaleza es indiferente para el caso en estudio). Por supuesto que es importante conocer las fechas, las personas y los lugares relacionados con este paso legal, y también es cierto que, generalmente, el mismo carece de la solemnidad que presuponemos a las gentes del siglo XIX en tanto en cuanto acto administrativo; no así en lo que se refiere a la cara social del mismo, mucho más compleja, y sin duda, parte del núcleo real a estudiar. Un salmen del puente.

Aquí se inicia una trayectoria que va a alcanzar más de cien años, y que va a tener en la sociedad que rodea al club uno de los puntos de estudio importantes. Uno de los dos pilares en los que se va a sustentar el “edificio” es este punto. El otro pilar estará en el corazón de la entidad, y en ese residen regates, centros, pases de gol, centrales inolvidables, laterales veloces, derrotas dolorosas, victorias agónicas, sistemas de juego, filosofía deportiva, el fútbol destilado.

Este segundo salmen del puente debe tener exactamente el mismo peso que el que se apoya en “la otra orilla”. Una estructura compensada, ni más débil ni más pesada y recia que la otra. La descompensación entre los dos puntos de apoyo daría al traste con el club. Si se soporta únicamente sobre el salmen del fútbol, este, cuyo mayor tesoro es su característica viscoelástica que permite que sea moldeado por la sociedad donde se implanta, se convertiría en un juego vacío. Nuestro equipo no se distinguiría de cualquier otro, y los partidos, más allá de las habilidades de los jugadores, no serían más que el enfrentamiento entre dos tácticas vacías de filosofía. Victorias o derrotas cuya vacuidad se alcanza a ver con el paso de los años. Y por otro lado, si el apoyo del club en la pata social es más alimentado que el apoyo deportivo, la herramienta perdería todo su atractivo, y es que no debemos olvidar que se trata de aprovechar la potencia que este deporte tiene para devolverle a la sociedad lo que esta le entrega; y si esta devolución debe ser de gran tamaño, lo que la sociedad le aporte al club también debe serlo. El catalizador para que esto último ocurra es que el club sea “grande” y realmente representativo de su ciudad, o barrio, o comarca. Debe ser un club deportivamente serio.

 

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