Lo que está pasando en el Recre 

Hay algo que no alcanzo a entender en la actualidad del Decano. Existe una corriente de opinión que expone su enfado (está en su derecho) por la falta de información con respecto a “lo que ocurre” con el Recre. Se le exige al Ayuntamiento, y con razón, que den explicaciones al recreativismo de lo que está ocurriendo. Lo que me extraña de todo esto es que, según lo veo yo, la información sobre lo que ocurre en el Recre está al alcance de todo el mundo, y me voy a explicar:

Con respecto a la venta del club, el ayuntamiento nos informa de que es indispensable vender el club. No me lo imagino, es lo que nos dicen (y creo que es lo que ha dicho el Alcalde en varias ocasiones en los medios). Además es razonable pensar que la venta debe hacerse con una base sólida de información sobre el estado del club. Puedo aseguraros que el representante del Trust en el Consejo nos da el punto y hora de ese trabajo, y está siendo un trabajo de chinos. Cuatro años de gestión de unos inútiles totales dejan mucho desorden. Se trabaja a destajo para tener la información cuanto antes.

Es necesaria la puesta al día de la SAD en el Registro mercantil, y de eso también nos han informado. Ha habido que rescatar actas de juntas de hasta 4 años atrás, recoger dimisiones y altas en el consejo, convocar con 1 mes de antelación la Junta de Accionistas que pondría todo en orden… tiempo, tiempo, tiempo… y trabajo, mucho trabajo. 
Y todo ello ¿para qué? Pues para poder vender el club.
Hacienda. No hay más información que la que ya conocemos. Hacienda precisa que se le pague la deuda contra la masa (6 millones de € aprox.) y así lo comentó Carlos Hita en la SER, y todos nos hicimos eco en RRSS. Ese dinero o lo pone el actual propietario o lo pone el que venga, cristalino.

Si lo pone el actual (para recuperarlo después) hará que la venta sea más concurrida, si lo ha de pagar el que venga, pues ya sabe que parte con -6 millones para empezar.

Hay que llegar al punto de la venta en las mejores circunstancias para tener más donde elegir. 
Roberto Sanchez nos cuenta una película de miedo cada vez que nos reunimos con él. Y esa misma película se la contará a los socios del Trust en su periódica reunión con ellos (debe faltar poco para la siguiente), anécdotas sin importancia pero que dicen mucho de lo tedioso que se vuelve dar un paso cotidiano en el Recre.
Si alguien cree que hay algo más, creo que se equivoca. La cosa es tan diabólica como sencilla. Poner al Recre en la casilla de salida es un esfuerzo titánico que espero que consigamos. Después empieza la partida. Esto es un infierno, pero lo sacaremos adelante.

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¿Por qué salvar al Recre?

No hay peor momento para pensar en el Recre que un lunes por la mañana camino de la ducha recién levantado. La oscuridad lo tiñe todo, y es mejor desterrar cualquier pensamiento si no queremos que acabe contaminado por el existencialismo y las tinieblas de esa maldita hora.

 

La pregunta es inevitable, y te asalta a esa o a cualquier otra hora del día: ¿Por qué salvar al Recre?

 

Las respuestas son variopintas, muchas de ellas demasiado asidas a la razón, otras desprovistas de esta y con un sesgo demasiado sentimental y vacío. Desde el que no ve ninguna lógica en seguir con esto adelante, el que dice que es mejor empezar desde cero, sin deudas; hasta el que entre lágrimas y con la mano en el pecho, teatral, exclama que moriría si su Recre desaparece. Ese es el espectro dentro del que nos encontramos la mayoría.

 

Cada uno tiene su respuesta a la pregunta. ¿Por qué salvar al Recre? Yo tengo la mía. Hay que salvar al Recre porque nos lo debemos a nosotros mismos. Somos los habitantes de una ciudad que ha vivido entre gritos reclamando nuestra historia y longevidad mientras íbamos derruyendo lo que esta nos había dejado a nuestro alcance, en una demolición de nuestra verdadera identidad cultural. El más claro ejemplo es el aspecto urbanístico de nuestra “querida” Huelva. Una ciudad de la que no queda vestigio de nada de lo que fue -grande o pequeño, mezquino o glorioso, importante o irrelevante- reconstruida por la mano de los mediocres de varias épocas, gente con falta de altura de miras, o sin ningún interés por la comunidad; apóstoles del dinero rápido y fácil. Y todo ello con el silencio cómplice de todos nosotros, onubenses ilusos que nos conformamos con Tartessos superficiales, descubrimientos puntuales y otras historias que casi rozan la leyenda y de las que en realidad no conocemos nada más que un puñado de datos inexactos que comentar en los bares.

 

Cada cierto tiempo a los onubenses se nos presenta una oportunidad para “reconstruir” nuestra ciudad. Huelva ha tenido cíclicamente oportunidades para crear su futuro. Todas ellas han sido desaprovechadas (feísmo, errores garrafales con la instalación de industrias, urbanismo sin visión de futuro), pocas generaciones no han contribuido a ello; y ahora llega una nueva. Pero curiosamente, aparte de tener la oportunidad para crear un proyecto de ciudad que perdure siglos, tenemos la tarea de mantener con vida uno de las pocas cosas que nos mantienen atados a nuestro pequeño pasado.

 

El Recre nos lo debemos a nosotros mismos, porque dejarlo caer sería un fracaso de todos los onubenses como comunidad. Debemos salvar al Recre para salvarnos a nosotros mismos, para alejarnos de esa mediocridad que nos ha llevado, generación tras generación, a “construir” una ciudad a salto de mata, sin proyecto a largo plazo, y sin el cuidado y el amor que realmente necesitaba nuestro pasado para conservar lo que nos iba dejando. El Recre es como esas contadísimas casas del centro de la ciudad que tienen más de 100 años, y que dicen más de nosotros que cualquier libro de mil páginas. Dejarlo caer es una operación que hunde sus razones en las mismas bases que han hecho de Huelva una ciudad sin historia. En esas bases está la dejadez y el camino corto disfrazados de un falso pragmatismo que trata de emponzoñarnos los oídos hablando de clones, dinero, prosperidad, presente; cuando en realidad la que habla es la mediocridad, la falta de altura de miras y la caspa que entre todos debemos quitarnos de encima.

 

Hay que salvar al Recre, porque de no hacerlo la sociedad onubense no será capaz de soportar la mirada que le llegará desde el otro lado del espejo cada mañana. Porque no debemos ver el día en el que nos gritemos a nosotros mismos auto engañándonos patéticamente que da igual, que este es otro club, pero en Huelva fuimos los primeros.

 

Debemos salvar al Recre porque en realidad, en el fondo de nuestro corazón, sabemos lo que hemos venido haciendo como sociedad durante toda la historia, y gran parte de ello no nos gusta.

 

Debemos salvar al Recre porque nos jugamos una herida en el orgullo que puede dejar una honda cicatriz en caso de fracaso, o porque, si triunfamos, ese mismo orgullo saldrá reforzado y puede darnos la confianza necesaria para ser capaces de seguir proponiéndonos retos que nos sirvan para construir una Huelva diferente y mejor.

 

Debemos salvar al Recre para salvarnos a nosotros mismos como grupo, como comunidad, como ciudad y como personas.

 

 

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Decisión y pensamiento puro

La toma de decisiones no es incompatible con el pensamiento puro. Se mueven en dos esferas distintas (puro), pero el trasvase de materia del segundo a las primeras es la clave de la consecución de lo que podríamos llamar fines ideológicos reales.

 

El proceso de maduración de una idea en la fase de pensamiento puro es un camino largo. La idea no debe tratar de exponerse, ni tan siquiera en su sentido más teórico, dirigiéndose a alguien que no sea uno mismo. Para ello debe estar en una fase de madurez ya bastante avanzada. Exponer una idea, una filosofía, cuando aun está por hacer es como pensar que un bebé podría valerse por sí mismo.

 

El proceso de maduración de una idea que aún reside en la esfera del pensamiento puro debe ser interno, silencioso, discreto, invisible desde el exterior de uno mismo. Sólo con el lenguaje propio de esta fase se pueden tomar notas, y que estas recojan ideas que se destilan de lecturas de otros que han pisado terrenos parecidos; frases que se pasan por el tamiz con la luz adecuada. Estas notas no tendrán sentido para el que no conoce “el idioma propio del que lo piensa”.

 

Como en una carrera de larga distancia, la maduración de la idea puede llegar a resultar una tarea agotadora, pasando por fases en las que se está al límite de abandonar (a veces se abandona), pasando por momentos de euforia (más peligrosos estos que los mismos desfallecimientos), clarividencias engañosas u oscuridades en las que reluce una luz débil que antes no veías. Y al final la madurez de la idea. Es ella sola la que te dice que está preparada para exponerse a los golpes de la realidad. Y entonces llega la hora de la valentía.

 

Se inicia una fase que va a llevarnos a la traducción desde nuestra propia lengua de pensamiento puro a la lengua con la que nos comunicamos con los demás. Una lengua mucho más torpe e incompleta que la que hemos venido usando hasta entonces sobre el tema en cuestión. La idea puede llegar a cambiar durante la traducción (cuanto más leve sea este cambio mejor). Lo positivo es que esta lengua va a servir a nuestra idea para dos cosas muy importantes. Primero someterse a las pruebas de resistencia de aquellos que tratarán de derrumbarla –debes incluirte tú mismo entre ellos- y segundo, encontrar aliados. Y es que, ¿para qué la sacamos a pasear si no es para convertirla en una realidad? Queremos que se materialice, mejore el sistema en el que sabemos que va a encajar y haga felices a los demás. Mejore nuestro “mundo”. Estos aliados serán los arquitectos y mecánicos finales. Aquellos que la hagan suya, la transformen y se comprometan para llevarla a cabo.

 

Estos son los “terminadores”, son los puntos en los que las esferas de las decisiones y el pensamiento puro se tocan. Son las personas que finalmente nos hacen avanzar. Los valientes.

 

N. Rojas

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Diarios de Odiel. Capítulo 4. La densidad del tiempo.

Conoce ese curioso momento de un vuelo en el que el  tiempo pierde densidad. Es la espera para comenzar a avanzar por el pasillo del avión hacia la puerta de salida. Algunos pasajeros están de pie, otros sentados rendidos a la evidencia;  muchos bajando torpemente sus maletas de los maleteros con tan poco espacio para moverse que se ven obligados a realizar escorzos imposibles; algunas caras denotan impaciencia. Yo ya estoy de pie, no sé por qué. Los minutos no son iguales en este momento que en cualquier otro. Sé que cuando comencemos a movernos esos minutos  comenzarán a extenderse, igual que los espacios que nos separan a unos pasajeros de otros, como silencios en una partitura. Cerca de la puerta de salida el tamaño de los minutos se consolida, manteniéndose hasta que alcancemos los largos pasillos del aeropuerto de Bristol. Allí se harán manejables, casi los puedes guardar en tu mano. Pero no serán los mismos para todos; cada uno tiene sus propios minutos. El aire frío me quita de golpe el calor artificial que traía (leer a Albert Camus tiene sus riesgos). La cartera la encuentro tras palpar el exterior de tres de los bolsillos; me descuelgo la mochila del hombro derecho y abro la cremallera para mirar dentro. Está el libro que acabo de guardar; está el cuaderno de notas y el pequeño portátil; está el manuscrito, el diario. Es desesperante vivir con esta cabeza.  Pienso en el resto del equipo, deben de    estar todos más atrás.

Tantas veces me he visto a mí mismo en aquella situación que, aunque fuesen distintos lugares, con distintas personas y por diferentes motivos, en realidad eran el mismo momento. Solo la presencia o la ausencia de ella en algunos me permitía distinguir unos de otros. ¿Cómo podría permitirme pensar en este tipo de banalidades cuando ella, que era siempre de los sentados y rendidos a la evidencia, estaba tan cerca? Solo dos tipos de momentos, aquellos en los que estaba ella y aquellos en los  que no.

Los largos pasillos del aeropuerto y mis manejables minutos me ponen a la cabeza del grupo. Voy delante, pero no soy el primero para las miradas de los extraños que nos adelantan o a los que adelantamos. Veteranos, más jóvenes, corpulentos, desgarbados, altos, bajos, serenos. Son la perfecta dualidad típica de un equipo. La homogeneidad de lo heterogéneo.  Avanzan como una piña, pero no van juntos. No se les nota inquietos por estar lejos de casa. Los hay que pasan más tiempo de la semana viajando que en casa, pero también hay alguno que puede que jamás haya salido de Huelva. La rocosa fraternidad de la tribu solidifica y se hace evidente para todos, pero sobre todo para mí, que ahora los observo desde fuera.

 

Hay pocas cosas, señora, como la primera pinta de cerveza que se toma uno al regresar a Inglaterra. Siempre trato que sea en un pub; ni en casa del mejor de los amigos sabe igual que en un pub. He llegado a tomarlas con el equipaje aún en el maletero del coche de alquiler. No digo que aquí en su casa no esté a gusto. De hecho, para hablar es mejor aquí; y la cerveza no está nada mal. Pero le hablo de algo difícil de explicar. La primera cerveza en un pub de Inglaterra es un estado de ánimo. Recuerdo algunas. Con veintipocos años en un O´Neills en Beckenham, muy cerca de la estación del Eurostar;  esta vez día, a pesar de haber llegado con el equipo, la primera fue obligada en solitario –tuve que ir a la reunión previa al torneo. Han habido muchas más, pero la que al final me ha traído hasta aquí, y respondiendo así a su pregunta, fue en Warminster. En The Rose & crown.

 

Hasta llegar a ese momento, cuando me paro a recordar los últimos años, con poco esfuerzo veo un plan; como un camino construido por alguien, lleno de pequeños hechos infinitesimales que de no haberse producido, o de haber ocurrido de un modo levemente distinto, no me habrían llevado a ese pub de Warminster. Había dejado el coche y la tensión que me provoca conducir por la izquierda aparcados junto a una gasolinera de la carretera que atraviesa la ciudad. Aquel fue el primer viaje en busca de Redcore, me enteré por foros de Internet de que no había fallecido aún y que había estado entre el público de una mesa redonda sobre literatura jamaicana en un pub de un pueblo de Wiltshare. Tenía bastantes anotaciones hechas, dudas que no me dejaban terminar la traducción. Compréndanlo, no soy traductor, lo hacía porque pienso que cuanta más gente pudiese leer ese libro, mejor. Me decidí a viajar y tratar de encontrarlo. Media hora con él habría sido suficiente para lo más importante. Por supuesto que era insuficiente media hora para todo lo que me gustaría hablar con él, pero siempre tiendo a ponerme en lo peor. Me auto convenzo de que será una persona huraña, malhumorada, con poco don de gentes, y así con que sea medianamente normal me resultará agradable conocerlo. Siempre me ha parecido una temeridad querer conocer a un ídolo –cantante, actor o actriz, escritor, deportista-la amenaza de que sea un perfecto gilipollas está ahí.

 

Pero vuelvo a The Rose & crown. La madera clara de la mesa, y sobre ella la pinta llena, y los guantes de cuero muy gastados, y rígidos, con forma, como dos manos relajadas, se diría que iban a tamborilear de un momento a otro. En eso pensaba cuando una voz me interrumpió “¿Te importa si me siento aquí?”. La mesa era amplia, como para seis personas, así que no vi mayor problema; y menos cuando alcé la vista y vi el aspecto de la chica. Llevaba un ordenador portátil abierto apoyado en la cintura derecha, con el gesto de la que lleva un cántaro; en la mano izquierda un móvil y un cable enrollado -¿el cargador?- la seguía la camarera, una rubia simpática, con una pinta y un plato con un leve bocadillo –demasiado leve para ser Inglaterra-. Es difícil decir, aún hoy después de haberla visto tantas veces, estando como está todo el día en mi cabeza, si era –es- rubia o pelirroja. Tiene días.

Plantó su ordenador en la mesa frente a ella, dejando orillados el bocadillo, la cerveza y a mí. Siempre me han llamado la atención esas personas que escriben a gran velocidad sin mirar el teclado. Ella lo hacía, e incluso mantuvo una conversación telefónica sin parar de escribir. Necesito estar muy pendiente de lo que habla un inglés para poder entenderlo todo; por alguna extraña razón me interesaba lo que ella hablaba –nerviosa, muy enfadada con su interlocutor, pero solo en el gesto, como si no quisiera que el otro lo notase. Sería su jefe-. Mantenía el teléfono pegado a su oreja ladeando su cabeza y encogiendo el hombro derecho, aprisionándolo entre ambos.

 

-¿Quiere comer algo?- La voz de la camarera me distrajo.

 

Negué con la cabeza sonriéndole

Hablaba de alguien. Un objetivo. Alguien sobre quién debía escribir. Un político. Iba a Chippenham. Disimuladamente, y sin saber porqué, abrí el mapa de carreteras que llevaba en la mochila y busqué la ciudad. Estaba cerca de allí, a unos 50 kilómetros. En el motivo por el que busqué ese lugar en el mapa está lo que me ha traído hasta aquí. En aquel momento no supe verlo, o no quise verlo. Son esas oscuras máquinas que están escondidas en tu interior; sabes que están ahí, las conoces, pero prefieres no pensar en ellas. Que funcionen con libertad.

 

No puedo explicar cómo llegué a verme a mí mismo, sentado en el coche y pensando qué camino tomar. Me esperaban en Bath, y desde allí un largo viaje en coche a Sheffield y Manchester; pero ahora quería ir a Chippenham. La conversación en el pub fue corta. Todo es relativo, claro. Esta sólo fue corta, y aunque no lo crea, la inició ella. Dijo algo que no alcancé a entender, de hecho pensé que hablaba sola. Pero cuando levanté la cabeza del mapa y la miré, sonreía. Se mordió el labio inferior y exageró el gesto de mirar hacia el techo. Dudé por un momento si asentir con la cabeza, a pesar de no tener ni idea de lo que me había dicho. “Perdona. No he entendido bien lo que has dicho”. No era necesario decir que yo no era inglés, mi acento me delataba; incluso mi aspecto me delataba. “No importa” me contestó con una sonrisa cansada. “Si importa. A mí sí me importa”. Le sorprendió mi respuesta.

A mí sí me importa. Esas fueron las primeras palabras que le dirigí. “I do does mater”. Probablemente no fue muy correcta la expresión en inglés. De hecho creo que forma parte ese hecho de que se interesase más por lo que le acababa de contestar. Así que me miró sonriendo, después se giró un poco hacia mi, apoyó sus codos sobre sus rodillas juntas, se agarró las manos y me dijo lentamente, “qué asco de políticos. Eso es lo que acabo de decir”, y se quedó esperando mi respuesta.

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Diarios de Odiel. 3. La arquitectura del fútbol.

Construir la base de este razonamiento que ahora me da por verter aquí, eso es lo que hasta ahora he hecho. Base que aun está incompleta, pero dado que la escritura va como el ánimo de uno, y hoy me vi con claridad para exponer esto, seguirá más adelante en este cuaderno.

Ahora hablemos del inicio de la “idea”, esa cuyos conceptos básicos son los ladrillos con los que se construye el edificio. Aquí comienza a asomar, entre toda la palabrería que sigue, los primeras formas fugaces de la filosofía. Es la imagen que queda al finalizar la lectura, pasados unos minutos, unas horas, días. Despojada de la herramienta imperfecta usada para exponerla y convertida en un mecanismo mental.

Es una idea que viene a reponer lo perdido. A poner en duda esas otras que nos han introducido en la cabeza sobre el fútbol, que de tanto convivir con ellas ya ni nos preocupamos por tratar de derribarlas o ponerlas a prueba. Rozando la metafísica. Si no nos preocupamos por ellas es porque las hemos interiorizado de tal modo que han desaparecido de la realidad, del consciente. No sabemos que están ahí, forman parte de nuestro “sistema operativo”, convivimos con ella como con nuestra respiración, pero en realidad se pueden poner a prueba. hablemos de “El centro de gravedad del fútbol”, y no olvidemos nunca que no es más que un juego, ¿o no?

La falta de material aceptable sobre la historia del fútbol proviene de la incapacidad que hemos mostrado durante años para entender  el juego, y del fallo de los que a ello se han dedicado a la hora de poner el foco en lo realmente importante; que al fin y al cabo es lo que hace del fútbol algo diferente, más allá de lo que ocurre en el terreno de juego.

Alejarse de lo que ocurre en el terreno de juego es, por otra parte, el peor de los errores que podemos cometer a la hora de abordar el tema. Como en los invisibles enlaces de las moléculas, el juego se une a la sociedad que lo rodea de un modo a la vez natural y a la vez difícil de entender. Es en ese enlace, en ese puente con una estructura compleja y sólida, donde debe ponerse la atención si se quiere comprender este complejo sistema. No se debe perder de vista que el objetivo no ha dejado de ser el mismo; alcanzar un modo de gestión eficiente y coherente con la naturaleza del juego y para ello debemos partir desde el análisis del núcleo de este que reside en esa conexión. Ni solo en el terreno de juego, ni olvidándonos de él.

Un claro ejemplo de esto es el camino que recorren los historiadores dedicados a este mundo, generalmente por afición, o como hobby. Aquellos que se dedican al estudio de los clubes pioneros ponen el foco en la parte documental. En su afán por dejar clara la antigüedad de sus clubes (véanse Sheffield FC, Civil Service FC, Hallam FC, y muchos más) la estructura de sus trabajos, y el reparto de espacios de los mismos, hacen que el interés se vaya hacia un papel, un documento, un apunte en un registro, convirtiéndolo, con un profundo análisis y girando sobre él como si de un tesoro se tratase, en el eje rotacional de todo su trabajo, desnaturalizándolo y haciendo que pierda utilidad. No se trata de obviar esa parte documental del tema, se trata de ponerla al servicio de los puentes de los que hablábamos antes. Si observamos el sistema tomando como punto de observación uno solo, convertiremos a este punto en el centro del mismo.

Situémonos para comprender mejor este asunto. Debemos viajar hacia atrás en el tiempo y usar la herramienta más poderosa que tenemos, nuestra imaginación. En el año 1865 en una ciudad pequeña de Inglaterra llamada Bradham -por ejemplo- un grupo de aficionados al cricket, cansados de los largos inviernos que no les permiten practicar su deporte favorito, deciden organizarse mejor a la hora de practicar otros deportes que algunos de sus socios usan para mantenerse en forma. Atletismo, Fútbol asociación y Rugby, equitación… los deportes de equipo son los que precisan de una mayor coordinación entre los socios, y es debido a estos por los que el club de cricket (sus socios en realidad) adormecido por el frío y la lluvia, como si de un personaje de Ovidio se tratase, sufre una metamorfosis. Se inician las primeras reuniones para organizar aquello mejor, más allá de un partido semanal de amigos. Al final, como es lógico, cuando se precisa gestionar algo que tiene un coste económico, se crea una “sociedad” (entiéndase por unión organizada de personas con un marco legal cuya naturaleza es indiferente para el caso en estudio). Por supuesto que es importante conocer las fechas, las personas y los lugares relacionados con este paso legal, y también es cierto que, generalmente, el mismo carece de la solemnidad que presuponemos a las gentes del siglo XIX en tanto en cuanto acto administrativo; no así en lo que se refiere a la cara social del mismo, mucho más compleja, y sin duda, parte del núcleo real a estudiar. Un salmen del puente.

Aquí se inicia una trayectoria que va a alcanzar más de cien años, y que va a tener en la sociedad que rodea al club uno de los puntos de estudio importantes. Uno de los dos pilares en los que se va a sustentar el “edificio” es este punto. El otro pilar estará en el corazón de la entidad, y en ese residen regates, centros, pases de gol, centrales inolvidables, laterales veloces, derrotas dolorosas, victorias agónicas, sistemas de juego, filosofía deportiva, el fútbol destilado.

Este segundo salmen del puente debe tener exactamente el mismo peso que el que se apoya en “la otra orilla”. Una estructura compensada, ni más débil ni más pesada y recia que la otra. La descompensación entre los dos puntos de apoyo daría al traste con el club. Si se soporta únicamente sobre el salmen del fútbol, este, cuyo mayor tesoro es su característica viscoelástica que permite que sea moldeado por la sociedad donde se implanta, se convertiría en un juego vacío. Nuestro equipo no se distinguiría de cualquier otro, y los partidos, más allá de las habilidades de los jugadores, no serían más que el enfrentamiento entre dos tácticas vacías de filosofía. Victorias o derrotas cuya vacuidad se alcanza a ver con el paso de los años. Y por otro lado, si el apoyo del club en la pata social es más alimentado que el apoyo deportivo, la herramienta perdería todo su atractivo, y es que no debemos olvidar que se trata de aprovechar la potencia que este deporte tiene para devolverle a la sociedad lo que esta le entrega; y si esta devolución debe ser de gran tamaño, lo que la sociedad le aporte al club también debe serlo. El catalizador para que esto último ocurra es que el club sea “grande” y realmente representativo de su ciudad, o barrio, o comarca. Debe ser un club deportivamente serio.

 

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Diarios de Odiel. 2. El Olimpo.

En aquellos años en los que el mundo era más pequeño; en los que te asomabas a las estrellas del fútbol español una vez en semana, y a las del fútbol extranjero cuando salían los cromos de Panini del mundial o la Eurocopa, en Huelva había un par de nombres que sonaban a goles. Eran dos, pero se decían y se leían como uno solo; como si fueran una sola persona; como Ramón y Cajal, Ortega y Gasset… así sonaba Luzardo y Alzugaray. Ya era yo consciente de lo que significaba que tu equipo estuviese en segunda división cuando me asomaba a ver al Recre. El aspecto pequeño y preHilsborough  del estadio Municipal por aquellos años y nuestro equipo en segunda no aguantaban la comparación con los grandes clubes que salían por la tele. Hasta que rodaba el balón; y es que en mi liga personal el Recre siempre ganaba, y jugaba sorpresivamente mejor que el rival.

Nunca me los encontré por la calle, nunca les pude dar la mano. Pertenecían al campo. Salían del túnel de vestuarios cerca del córner y volvían a desaparecer por él hasta la siguiente vez. Para ver a los Dioses había que ir al Olimpo. Eso les daba un aura especial. Vivían allí, en ese lugar imaginario bajo tierra llamado “vestuarios”.

No estaba pendiente de las clasificaciones, ni de lo que ocurría cuando jugábamos fuera de casa. Solo me interesaba el equipo cuando iba a verlo jugar. El partido era una competición entera en sí. ¿No bastaba con enfrentarse a equipos que venían de lejos para que aquel evento fuese lo más importante que ocurría desde hacía más de una semana en la ciudad? Nuestros héroes saltaban al campo, y sus camisetas de nuevo brillaban, el balón blanco era como una estrella, botaba en aquella extraña superficie como si estuviese en otro planeta,  muy lejos de los botes de los balones de nuestros partidos de infancia en la calle; al ritmo de las palmas de los espectadores iba y venía de una banda a otra y al centro, de repente una pared en la banda rompía el ritmo del partido; llegaba la hora de Luzardo y Alzugaray. El balón parecía esponjoso en los pies del primero, y se transformaba en una bala de cañón en los del segundo. ¡Bum! Salía rozando la escuadra. La primera jugada terminaba. El Recre era el mejor equipo del mundo, y yo era feliz.

Hay una característica que es común a todos los héroes; un rasgo necesario, imprescindible, sin el cual dejan de serlo: Cualquier ataque a su “divinidad” produce un dolor muy intenso en sus adoradores. La infancia tiene una capacidad asombrosa para convertir a esos héroes en seres mágicos, impolutos y propietarios de las mejores cualidades que puede soportar un ser humano. Es un proceso curioso, con varias etapas, y que irremediablemente debe pasar por la etapa de esquematización. En el caso del fútbol es un tema estético. El joven aficionado introduce al jugador en cuestión en la maquina de esquematizar, una caja negra de la que sale como una imagen, una camiseta con un número, una cara, una selección de las mejores jugadas. El cerebro lo limpia inconscientemente de cualquier aspecto negativo, incluso puede que ni siquiera detecte nada negativo en esa etapa incipiente de transformación. Acto seguido, esa imagen -un jugador seleccionado para pasar por ese proceso por un simple comentario de tu padre, o de un comentarista, o un párrafo en una crónica, una foto en un periódico o una revista- da igual, esa imagen digo, está preparada para empezar a ser vestida de experiencias. Lo seguimos con más atención, y lo vamos rellenando con los ornamentos y detalles que le van a dar la realidad necesaria para que, por fin, sea un ídolo y entre en nuestro Olimpo personal.

Puede decirse que uno da los primeros pasos hacia la madurez cuando aprende a convivir con las imperfecciones de sus ídolos, cuando no se le hace un nudo en la garganta al oír críticas, e incluso esas imperfecciones se acaban convirtiendo en elementos característicos, identificativos de esa persona que en la infancia nos parecía perfecta. Para mí, ese proceso se inició con uno de aquellos dos superhéroes del Recre, mi favorito, Luzardo. Fue una tarde de mayo en Huelva, aquel día descubrí que era una persona normal.

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Diarios de Odiel. 1.Punto de partida.

Mi vida transcurre entre libros; o al menos transcurría y espero que lo siga haciendo en el futuro. Soy traductor aficionado, tengo una pequeña librería en la calle Rico que me da para ir tirando, y me vuelve loco el fútbol. Si eres de Huelva y te vuelve loco el fútbol, no te queda más remedio que ser uno de esos masoquistas que nos acercamos al estadio del Recre cada dos domingos.

 

Podéis llamarme Odiel. Ese es mi nombre. Nunca me bautizaron, mis padres no eran de esos. Tampoco sé si en aquella época les hubiesen permitido ponerme ese nombre. O quizás deba decir, le hubiesen permitido, en singular, porque estoy convencido de que fue mi madre la autora. Los años de la transición daban para aquellos “despistes”. Vivir lejos de mis abuelos durante mis primeros meses, sin familia ni amigos a menos de doscientos kilómetros a la redonda, permitió un bautizo inventado. Para mis abuelos si lo estaba, y como ellos también sabían que con ese nombre no iban a ungirme los santos óleos (¿ungirme se dice? No lo tengo claro) el nombre con el que, para ellos, fui bautizado era Simón Odiel. Una mentira piadosa. Pero mi nombre es Odiel.

 

Mi abuelo siempre me llamó así. En el fondo le gustaba. No conozco a nadie más con ese nombre. Todo el mundo se giraba cuando me llamaba en voz alta, y aquello le gustaba. Sobre todo cuando lo hacía en el Estadio Municipal, cuando me llevaba a ver al Recre. No teníamos un sitio fijo. No éramos socios. Íbamos de vez en cuando, cinco o seis partidos cada temporada, a distintos lugares del estadio. Nunca a la tribuna. Me gustaba el gol sur, en la esquina de la izquierda. Entraba desde el nivel de la calle y veía la profundidad a la que estaba el terreno de juego; continuaba andando hasta que me perdía del campo de visión de mi abuelo: ¡Odiel! Y muchos se giraban para ver quien era el portador de aquel nombre tan familiar y extraño a la vez en aquella ciudad.

Las visitas al estadio con mi abuelo aparecían por sorpresa. De repente, una tarde de domingo cualquiera justo después de comer se levantaba de la siesta fugaz (dormía con cosas en la mano) y decía “nos vamos al fútbol”. Nunca me preguntó si quería ir. Al fútbol se va y ya está. Empezó a llevarme a una edad anterior a aquella en la que empecé a decidir las primeras cosas, así que continué yendo cada vez que él lo decidía porque, “al fútbol se va y ya está”. Simple. Aquellas visitas al Municipal se desarrollaban por generación espontánea. De hecho, mi abuelo, extrañamente, no era del Recre, él era del Español de Barcelona, aunque tampoco le hacía mucho caso a su equipo. No me preguntéis porqué. Nunca estuvo en Barcelona, ni tenía allí familia. A veces pienso que se lo inventó, porque tampoco lo vi seguir muy de cerca los resultados de los de “los cuatro gatos”. Solo puedo decir que era del Español porque el decía que era del Español. Lo cierto es que aquel Españolista (se dice así, ¿no?) sesentón y su nieto de ocho años con aquel extraño nombre aparecían un puñado de veces al año por las gradas donde se concentraba en los años ochenta el recreativismo. Se creó un vínculo muy especial entre nosotros y con el fútbol de telón de fondo. El Recre en aquella época ganaba casi todos los partidos a los que asistí. Con el Elche es el más antiguo del que tengo memoria. La equipación de aquel club se me quedó grabada (años más tarde leí a un escritor muy querido llamar absurda a aquella franja verde y me molestó, no por el Elche, sino por aquel recuerdo primero de fútbol. El fútbol son los recuerdos). Los nuestros vestían como siempre, solo recuerdo que las rayas verticales azules y blancas desaparecían al llegar a las mangas, que eran completamente blancas. Aquel blanco relucía de un modo especial cuando caía la noche y se encendían los focos del estadio, esa atmósfera del fútbol de noche en el Municipal era mágica. Como digo, el Recre solía ganar, o al menos así lo recuerdo. Era invencible cuando yo lo veía. Del resto de partidos en casa, cuando jugaba y estábamos en Huelva, me llegaba, empujado por el viento del este, las celebraciones de los goles, aunque no sentía especial emoción por ello. Nunca pensaba “me gustaría estar allí”, eso llegó más tarde.

El estadio olía a pipas y tabaco y a puros –me encanta ese olor mezclado- y me parece recordar que iba mucha gente al fútbol, y es que “al fútbol se va”. El vínculo con mi abuelo no tenía la misma intensidad en otros momentos. De hecho aquellos en los que también estábamos solos él y yo –en el huerto del pueblo, en la tasca de Sebastián comiendo patatas con sal, en el garaje mientras arreglaba su antiguo coche- nunca vieron una conversación sobre fútbol o sobre el Recre. Hablando del huerto, recordadme más adelante que os cuente la historia del miedo y mi abuelo.

 

La otra afición en la que el fútbol era intenso eran los partidos de chapas, y de eso mi abuelo no tenía ni idea. Mi primer equipo de chapas fue el Real Oviedo. Fue casualidad también. Hacíamos los equipos recortando las imágenes de los jugadores de los cromos de la colección de la liga. El primer equipo del que conseguí reunir 11 jugadores distintos fue el Oviedo. Creo recordar que uno de los jugadores era Boro, otro Rivas, un tal Blanco… no me llega a más la memoria. Había un par de sudamericanos, poco más recuerdo. Las tardes de chapas eran larguísimas. En el pueblo existían varios “estadios”. Losas de cemento perfectamente niveladas donde poder pintar con tiza un campo de fútbol. Eran como lijas para los pantalones (los parches en las rodillas estaban al orden del día). Real Madrid, Barcelona, Atlético de Madrid,  Las Palmas, Cádiz, Athletic, Oviedo. Del Recre ni rastro.

 

Las chapas tenían su época del año,  igual que las canicas, el trompo, la lima, las carreras de monopatines (aquellos de plástico). Las chapas nunca aparecían en verano. La verdad es que siempre me he preguntado cual era el mecanismo que nos hacía cambiar de juego en las diferentes épocas del año. Había algunos que estaban claros -si llegaba el Mundial o la Eurocopa los tapones de casera de las selecciones medían sus fuerzas en los soportales del polígono en Huelva (siempre jugué con Italia, Paolo Rosi me dejó marcado; de hecho alargué sus internacionalidades más allá de lo que duraron en la vida real)- pero el resto de juegos, por más que trato de recordar por qué  cambiábamos de uno a otro, nada. Ahora detecto algunos cambios en los juegos de mi hijo de once años, motivados por una especie de marketing soterrado de empresas que fabrican trompos con nombres galácticos, hechos de plástico. Pero intento trasladar eso a aquellos días, y no me parece que tenga nada que ver. Trompos de madera, pintados por nosotros mismos, púas carniceras –jugábamos a romper el del contrario de un “puazo”- eran otros tiempos.

 

Mi evolución como seguidor del Recreativo de Huelva es muy curiosa. Desde las visitas al Municipal hasta hoy he pasado por muchas fases. Quizás el punto de inflexión más importante de todos, y el motivo por el que estoy aquí, fue un pequeño incidente en los puestos de libros de la Plaza Pérez Pastor de Punta Umbría. A mi mujer le desespera que me quede anclado en esos puestos junto a la ría. La plaza es de obligada visita las noches de entre semana de agosto. Cerveza, patatas fritas, bicicletas, patinetes veloces y felices en aquella superficie pulida, helados, y libros, muchos. El paseo siempre es de izquierda a derecha por aquel puesto larguísimo. La sección infantil y juvenil se mira, pero casi no disminuye la velocidad de crucero. Más adelante libros de adolescentes que rara vez te hacen parar (alguna vez un Sherlock disfrazado). El siguiente es un espacio baldío; una longitud de un metro y medio de puesto que no es más que eso, metro y medio. Allí residen las interpretaciones de los sueños, los intentos de best sellers (sus títulos les delatan), los libros de cocina árabe, o indú; autoayuda poco recomendable para la salud; significado de los nombres; yoga…  y de repente lo primero que nos interesa. Ya he sobrepasado a la primera mujer de las dos que atienden el puesto –no os la  puedo describir, solo he notado que estaba allí- y justo después de ella, traspasando una frontera más definida que la que forman las secciones anteriores, aparecen las colecciones que ha sacado algún periódico en el pasado. Biografías –“Yo, Claudio”, “Saladino”, “Churchill”, y rodeada por ellos “Cleopatra”. Ninguno mira a “Isadora Duncan”, solo Amelia desde la parte alta del fondo del grupo, y más allá, en la pared de enfrente, muy arriba, Ann Fisher. Está en un libro más grande, acompañada de otros de sus colegas. La parada es fructífera a veces, las menos. Y el viaje continúa. Libros de Bolsillo, pequeñas ediciones de gigantes, clásicos, teatro, poesía, Shakespeare bilingüe y, muy de vez en cuando, un tesoro desconocido. Fue el “Cuaderno Gris” el que me llevó hasta el descubrimiento. De nuevo una colección antigua de periódico, de El Mundo, creo recordar. Allí debía de estar aquella edición de “El Cuaderno Gris”. La pasta era celeste, con una barretina en la portada de la que salía el bocadillo de pensar de los comics. Al ver la colección en el puesto me lancé a buscarlo. En una parte del puesto alguien había borrado las fronteras entre la colección y otros libros. Allí algunos se apilaban, Solzhenitsin y su “Archipiélago Gulag” estaban soportados por “El Capital” y “La Hoguera de las vanidades”, y a partir de ahí un castillo que subía, como si alguien lo hubiese construido a posta. Sajárov, Roth y un libro de autoayuda en la misma planta; “ La guerra de los mundos”, de la misma colección, estaba apoyado en los textos de Álvaro Siza, y arriba del todo, semioculto por una pequeña edición de “El señor de las moscas” asomaba la barretina de Josep Pla. Aquel libro debía ser una pieza clave de la estructura. Nada más tocarlo el castillo se derrumbó con un estrépito sordo de páginas apretadas y tapas duras y blandas, y entonces apareció una portada con un balón de fútbol. Lo que me llamó la atención es que era uno de aquellos Tango Adidas de los mundiales. Aun recuerdo como olían (mi tía me trajo uno de Madrid en una de sus muchas y esperadas visitas a Huelva).

Casi instintivamente olvidé a Josep Pla. El pequeño libro del balón, de tapa blanda, con una edición pobre, tenía los rebordes algo gastados. El diseño de portada era muy básico; un fondo negro enmarcado por un borde rojo, casi marrón, y la figura de aquel balón en el centro. El nombre del autor en blanco, con una letra de impresión que imitaba a las de las antiguas máquinas de escribir (en casa había una Olivetti que nadie usaba ya), y el título en la parte alta, más grande y con la misma grafía. “La hierba bajo los adoquines”, de Alexander Redcore. La encuadernación era pobre, hojas finas y rugosas, poco más de cien pequeñas páginas, y la grafía volvía a recordar a las antiguas máquinas de escribir. Era de esos libros que permiten que los retuerzas y no se deshacen. No había rastro de la editorial en la portada. La contraportada tenía un pequeño texto en blanco, una sinopsis que finalizaba con una curiosa cita: “Más que suficiente, es demasiado”

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