La ciudad (para María)

e4838713-f76f-4db8-bacd-cfbc724522d7 (2)Para María.

Enfocar objetos lejanos. Mi hermana me comentó que había empezado a realizar ese ejercicio desde la terraza de su pequeño piso de Madrid. “Miro a la ciudad, a lo lejos” me dice a través de los auriculares, “a toda la ciudad. Sabes que hay buena vista desde aquí”. Recuerdo el perfil gris, azul y marrón del horizonte. He mirado ese paisaje muchas veces desde la infancia. Madrid lanza su aliento tibio hacia el cielo dándonos la espalda a los que la miramos. Siendo adulto recuerdo mi mirada de antes, con esa ciudad no ha evolucionado. Por la falta de contacto, por su indiferencia, porque es un amor no correspondido, y nunca lo será; por todo eso ahora, aquí donde las distancias son más pequeñas, a pesar de que miro la Huerta Mena desde mi ventana, se superpone el paisaje de Madrid.

Estoy de pie en el mismo sitio que mi hermana, con el mismo café, con nuestros cerebros genéticamente parecidos viendo parpadear igual el sol frío sobre los mismos tejados y las mismas fachadas.

No podemos decirles ya a nuestros amigos y familiares que va a salir todo bien, porque eso ya no es posible. Piensas en decirles eso para darles algo de tu poco optimismo, que donde comen dos comen tres, pero la alarma de la indecencia se enciende y callas. No, ya no puede salir todo bien. Muchos han muerto ya, solos, sin despedida y con miedo, alcanzados por las balas invisibles. Vamos a salir de esta, sí, pero no vamos a salir bien. No vamos a salir todos.

Miro la ciudad junto a mi lejana hermana, y en ese ejercicio de mirar a lo lejos encuentro su optimismo, el de alguien que se prepara para algún día volver a salir al mundo, a los espacios abiertos, y que no quiere sentir vértigo. Y sin permiso cojo el ADN de esa idea y me hago una copia.

El aire se enreda con la luz en los edificios cercanos, los de aquí y los de allí. La pared cercana de la cueva se superpone con las montañas grises lejanas de la sierra de Madrid que observan atónitas la mugre y el ajetreo de la ciudad, que son como las nubes bajas de aquí en el horizonte del mar. En Huelva no tenemos montañas que nos miren boquiabiertas. Quizás por eso vamos tanto a su búsqueda, porque necesitamos que nos miren y que se sorprendan y nos odien.

Siento en las palmas de mi mano el calor de la taza de café que mi hermana sostiene. “El esqueleto del Vicente Calderón, allí. ¿Lo ves?” Sí, le contesto desde aquí. Ella señala con mi mano, estamos ocupando el mismo espacio. “¿Ves la hendidura del río?” recorre con el dedo una línea imaginaria, un pliegue en la gran ciudad que yo puedo ver desde Huelva. Sí, vuelvo a contestar. Ahora se ha puesto la mano de visera tapando el sol que me daba en los ojos para dejarme ver mejor. “Allí asoma el techo de los humos antiguos de Atocha, y el retiro al lado”, imagino por dónde andará la cuesta Moyano, y me la imagino con todas las librerías cerradas. Ya no hay humos en Atocha.

Ella imagina dónde estará la Ciudad Lineal, y yo la miro a ella, y vuelvo a mi balcón de Huelva. La iglesia de San Sebastián ha sustituido a Atocha y a la Ciudad Lineal, y el descampado a donde los dueños de los perros vienen a exhibir su libertad ya no es el Retiro.

Vuelvo a dentro. A las cosas cercanas, al libro, a las paredes, a las caras cercanas de mi mujer y mis hijos. Y me digo que es normal, que no puedo cambiarlo, que aquella ciudad me hará sentir siempre como un niño asustado. Aquella ciudad que se muere, y que resucitará; a la que ya nadie puede decirle que todo va a salir bien.

 

N.

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Las máquinas

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Tengo que confesarles algo. Nada me aburre tanto como una conversación sobre coches. Cilindradas, caballos, pantallas táctiles, tapicerías y un largo etcétera de temáticas alrededor de estas máquinas me resultan soporíferas. Escuchar al dueño de uno de ellos hablando como si lo hubiese diseñado él es una experiencia de la que trato de huir. Enfrentarnos a lo que nos disgusta suele ser de un acto de valentía, así que un día, mientras conducía mi coche híbrido con variador electrónico, velocidad de crucero, posa vasos, niña y violonchelo en asiento trasero y radio apagada, me puse a pensar en el porqué de aquellas conversaciones. No es del diseño de lo que presumen, o presumimos, no. Es de la compra que hemos hecho. Me caí del guindo. Comprar bien es el acto supremo de occidente. La ropa, el móvil, la casa, el coche. Todo lo que “tenemos” lo compramos, así que si somos lo que compramos, deberemos comprar bien para ser buenos.

Occidente está desapareciendo ante nuestros ojos. Lo que nos definía era la construcción, pero eso se lo hemos dejado a unos pocos para convertirnos en compradores. Y ahí reside el éxito del deporte profesional actual. Gana el que mejor compra. Lo que defendemos cuando animamos a nuestro club de fútbol —o de rugby en las cinco naciones— es la compra que han hecho los que lo dirigen, o los que lo poseen. No queda ya ningún vínculo entre el club, su filosofía y los jugadores que es capaz de fabricar. Todo es comprar. Y cuando nuestros amigos debaten con nosotros y nos dicen que su equipo es mejor, en realidad sólo hablan de que el jefe de su departamento de compras —lo llaman nosequé técnico— es el más listo de la clase y el que más dinero tiene.

¿No es eso lo que más nos gusta de nuestro coche? Lo hemos comprado nosotros, lo hemos elegido nosotros, y si además es caro, le enseñamos al resto el gran poder adquisitivo que tenemos.

Tengo que confesarles algo. Nada me aburre tanto como una conversación sobre coches. Este domingo me voy a ver al Tharsis.

N. Rojas

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La muy poderosa asamblea del Recre

El cambio en los estatutos del Real Club Recreativo de Huelva supone un punto de inflexión importante porque obliga al Consejo de Administración a conocer la opinión de la afición antes, durante o después de la toma de decisiones.

En el texto, y durante las negociaciones para que los nuevos artículos se incluyesen, se incluyó el apellido “no vinculante” a la ahora aprobada asamblea consultiva de socios, pero el poder de esta no es tanto legal como práctico. Esas dos palabras, “no vinculante”, fueron necesarias para ayudar a algunas gargantas a tragar con la participación de la afición. Hay que recordar que cuando se negociaba volaban sobre Huelva los músculos financieros y los millones de euros (qué tiempos aquellos). Pero lo que hace poderosa a esa Asamblea es su mera celebración. Obligar al propietario y al gestor a sentarse ante ochocientos aficionados y dar explicaciones de lo hecho y de lo que se hará, quedando todo por escrito en actas, les empujará a la búsqueda de la excelencia y a la toma razonada de decisiones, mirándolas también desde el punto de vista de la grada. La asamblea consultiva debe desbordar su influencia más allá de su mera celebración, debe ser un espectro que siempre esté presente en las oficinas del Nuevo Colombino, ayudando a los que gestionan al Decano a tomar siempre la mejor decisión para el club.

En todas las estructuras de poder es necesaria la existencia de un equilibrio a la hora de influenciar en la toma de decisiones, y la afición del Recre por fin tiene una herramienta para comenzar a participar en la creación de ese equilibrio. Es insuficiente, debemos seguir avanzando hacia un club más democrático, pero esta asamblea es una herramienta con un gran potencial de la que debemos sacar todo el partido que podamos por el bien del Recre. Cuando se celebre deberá tener una asistencia importante, deberá tener un nivel elevado y deberá demostrar que ha llegado para quedarse. El Ayuntamiento de Huelva y el Consejo de administración deben convencerse de lo positivo que es para la entidad que se cuente con nosotros, de modo que este derecho conlleva una gran responsabilidad colectiva. ¿Seremos capaces de hacer de este avance legal una realidad, o por el contrario la apatía vaciará de contenido a la asamblea?

La respuesta colectiva depende de cada uno de nosotros como individuos. Cuando llegue la hora hay que asistir, para demostrar que sí nos importa el club, y que todo lo que la ciudad está haciendo por él está justificado.

El consejo estará “condenado” a saber lo que opinamos, y sabremos que sus decisiones serán tomadas con conocimiento de la opinión de nosotros, los aficionados.

No le fallemos al club. Si queremos seguir dando pasos debemos demostrar que esto nos importa. Nos toca.

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El fútbol se muere de éxito

El 18 de junio de 2013, Belén, una aficionada al fútbol de Salamanca, entró en la aplicación de twitter de su móvil y leyó el siguiente mensaje en la cuenta oficial de su club: “La junta de acreedores no alcanza el quórum necesario y se procederá a la apertura de la fase de liquidación del concurso de la UD Salamanca”. No soltó ni una lágrima, ya lo hizo meses atrás. Los clubes no se mueren de repente. Tres minutos más tarde, el community manager del Salamanca volvía a publicar: “Hoy es el día más triste de mis 90 años de historia. Estoy en cada una de vuestras lágrimas. Viviré siempre en vuestros corazones. #HalaUnión”. El fútbol español perdía a un histórico hundido en la segunda B, pero prácticamente sólo en Salamanca fueron conscientes de ello, en el resto del país la liga había terminado y los aficionados estaban a otra cosa. El árbol cayó en medio de un bosque vacío.

Casos como el de la Unión se han venido sucediendo desde entonces, y desde antes, en un fútbol que tomó el camino equivocado tras el diagnóstico erróneo que hicieron los políticos de los años noventa. Las deudas que en aquellos años acumulaban los clubes –en aquel entonces sí eran clubes- provenían de disparar con pólvora ajena; pero no eran los aficionados, los que lo hacían, no. Los aficionados -socios- habían renunciado a la gestión y habían dejado el timón en manos del establishment de sus ciudades y pueblos. Los clubes fueron los pioneros de la postverdad y de la actual dictadura de las emociones. El poder y las influencias que se obtenían desde los despachos presidenciales de estos se basaban en el amor incondicional que sus aficionados profesaban por su equipo. Pero para que ese amor no tornase odio a la afición había que darle éxitos deportivos, y esos, en el corto plazo solo son posibles con operaciones de inversión de alto riesgo. Gastaron el dinero que no tenían.

La deuda total del fútbol español alcanzó los 180 millones de euros, dividida a partes iguales entre deuda pública y privada. El dinero despilfarrado no provenía de los bolsillos de los gestores, provenía de las arcas de los clubes. ¿La solución? Quitarle la propiedad a los socios, convirtiendo los clubes en sociedades anónimas deportivas. Desaparecían las asambleas de socios para dejar lugar a juntas de accionistas, en las que la existencia de un socio mayoritario destruía una democracia no ejercida hasta entonces. En unidad de acto los aficionados descubrieron que habían tenido capacidad sobre las decisiones que se tomaban en el club y que esta capacidad se les arrebataba.

Con el nuevo marco legal, en teoría, se limitaron las inversiones en jugadores, se creaban consejos de administración con responsabilidad personal sobre las pérdidas, y se suponía que los accionistas mayoritarios cuidarían de sus inversiones, pero la realidad fue bien distinta. En un giro lampedusiano, los aficionados vieron como los desmanes continuaron, y en muchas de sus entidades no tenían ninguna capacidad para frenarlos. Algunos clubes, en manos de propietarios particulares, se dirigieron a toda velocidad hacia el precipicio mientras los aficionados miraban su carnet de socio y entendían que ya no era más que un abono de temporada. No podían hacer nada. Así llegó la desaparición de la Unión en Salamanca en 2013, del C.D. Logroñés en 2009, del C.D. Mérida en el 2000, del C.F. Extremadura en 2010 o de la S.D. Compostela en 2006.

El sufrimiento que padece un aficionado que asiste a la liquidación de su club es enorme, igual que las emociones que este desata, o desataba cada domingo y de las cuales bebían los antiguos oligarcas.

Ahora siguen siendo esas emociones el principal atractivo de estas entidades. Los aficionados pasaron por una fase en la que aceptaron su papel de meros clientes. Pero los que se acercan a ellas lo hacen con el símbolo del euro marcado en la frente. Ahora, de nuevo twitter nos arroja a la cara información sobre este fútbol con imágenes como las de esta semana de la Guardia Civil registrando el estadio del Córdoba, o el expropietario del Recreativo de Huelva sentado en el banquillo de los acusados de la Audiencia Provincial. El Real Oviedo estuvo a punto de desaparecer, al igual que el Decano del fútbol español, o el Sporting; todos ellos en manos de propietarios, pero con una notable diferencia. Sus aficionados no se han plegado ejercer el papel de simples consumidores de fútbol y han decidido pasar a la acción. Son clubes de tamaño medio o pequeño que se la juegan cada domingo para seguir vivos, en los que las tensiones entre propietarios y aficiones se han convertido en el pan nuestro de cada día. El problema es que están en el interior de una “fútbolsfera”, que empieza a dar síntomas de putrefacción mientras la corteza opaca, brillante y reluciente de las grandes competiciones oculta la infección. Los clubes, de la mano de hombres y mujeres de negocios, les han dado la espalda a las comunidades en las que desarrollan su actividad, para virar la proa hacia los contratos millonarios de las categorías televisivas. Pero quieren alcanzarlo a corto plazo, y eso devuelve a los clubes al riesgo. De nuevo están en manos de gestores que no entienden su idiosincrasia. La anatomía de estas entidades no se adapta al medio de las sociedades anónimas deportivas.

El siguiente es el Córdoba, que ha sido sentenciado a muerte tras la luz verde para la venta de la Unidad Productiva. Es decir, otra SAD se hará con los derechos del Córdoba CF SAD para explotarlos, mientras que el original queda abocado a la liquidación. De hecho, esta venta de la unidad productiva se hace para liquidar y poder pagar algo de deuda. ¿A nadie se le ha ocurrido ofrecer a los aficionados la propiedad en régimen democrático del club?¿No serían ellos los mejores para darle carta de veracidad a un proyecto serio que hiciese participar a las fuerzas económicas y sociales de Córdoba? A nadie.

Tratarán de vendernos que la Unidad Productiva del Córdoba FC SAD es el antiguo club, pero no nos engañan.

Ahora mandan los dividendos, y el juego ha pasado de ser un acto de comunidad e identidad a ser un espectáculo de fácil digestión. El aficionado ha emigrado desde los campos de fútbol al sofá de su casa, y la parrilla televisiva no deja huecos en el fin de semana para que los clubes de pueblo puedan atraer a sus cientos de fieles. Los que aspiran a dar el salto, clubes del tamaño de los desaparecidos que listábamos antes, se convierten en despropósitos financieros. Si suena la flauta, con suerte aguantan lo suficiente para recuperarse de las deudas contraídas con sus propietarios-prestamistas, pero si no, de nuevo alguna Belén, mientras pasea por su ciudad, abrirá la aplicación de twitter para ver que su club desaparece, y que las lágrimas vertidas en los últimos meses dan paso a la nada de los domingos del futuro. Y los gritos de los que ven el fútbol en la tele del bar de la esquina le susurrarán al oído la gran verdad: el fútbol se muere de éxito.

 

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“Huelva existe”. Ideología o territorio.

Las elecciones del 10 de noviembre nos han dejado el parlamento con más partidos representados de la historia de nuestra democracia. Cada uno de los casos de éxito de estos partidos que están ahora y no estaban hace cinco años tiene una explicación propia, y su desembarco en las cortes tiene un objetivo claro.

Si vamos, caso por caso, a las causas visibles de que esto haya ocurrido y empezamos a tirar del hilo, los motivos se irán abriendo como un árbol hasta dar con la causa raíz: los “grandes” partidos le han acabado dando la espalda al espíritu con el que se diseñó nuestro parlamento democrático. El parlamento se confecciona con un sistema que se basa en dos pilares fundamentales: la representación ideológica de los ciudadanos y la representación territorial. Es decir, en las elecciones generales votamos a un partido basándonos en su programa electoral, pero lo hacemos sobre candidaturas provinciales de las que salen un número de diputados que representan, todos ellos, a los ciudadanos que les han elegido en las distintas circunscripciones. El engranaje entre estas dos representaciones de diferentes naturalezas es un trabajo que recae sobre los diputados y sobre sus partidos, y precisa de una educación democrática inexistente a mí entender.

Huelva es un claro ejemplo de ello. Los grandes partidos han pasado por todas las instituciones de gobierno que afectan a nuestra provincia: ayuntamientos, Junta de Andalucía y gobierno central, y el resultado al evaluar cómo nuestra provincia ha quedado legislatura tras legislatura es siempre el mismo, muy deficiente. Siempre olvidada, tratando al onubense como ciudadano de segunda. Es decir, el poder real de representación territorial de los diputados que salen de nuestras votaciones es nulo. ¿Por qué?

Porque el sistema de funcionamiento interno de los partidos políticos es contrario a la democracia y a la representación real. La persona que entra en política afiliándose a cualquier partido y con interés en hacerlo de forma activa debe plegarse a una disciplina interna draconiana. O estás con los de arriba o no estás en el aparato. Los partidos, y los ciudadanos, hemos interiorizado que el debate interno es síntoma de debilidad, de falta de rumbo; la imagen de los partidos de cara al exterior –al votante- es fundamental a la hora de obtener votos; así que todos deben plegarse a los designios del líder de turno, el cual habrá alcanzado esa posición plegándose a su vez al líder anterior, y así, sucesivamente, hasta donde se desee. Es un proceso de esquematización del candidato político, que, para no resultar incómodo (y por tanto eliminable de la carrera) abandona su obligación de participar en la construcción de ideologías afines a su partido, haciendo suya la de la cúpula, y abandona su obligación de representar a un territorio entregando su voto en cada acción legislativa a la opción que le dictan de nuevo desde la cúpula de su partido.

Para los votantes y su ideología a la hora de depositar el voto el daño es controlado. Pueden y deben existir debates internos, pero si no los hubiese todos sabemos a lo que nos atenemos en lo que respecta a políticas sociales, de empleo, tributaria, de sanidad etc. Pero, ¿qué ocurre con la representatividad territorial? Es decir: un votante de PSOE de Huelva a buen seguro tendrá intereses y necesidades coincidentes con otro del PP, de Ciudadanos, de Podemos o de cualquier otro partido, y todo esto por el simple hecho de ser onubense, ¿quién trabaja en nuestro parlamento para que esas necesidades se cubran? Deberían hacerlo nuestros representantes, sean del color que sean, pero no hace falta que les informe de que eso no ocurre. Es decir, la disciplina interna de los “grandes” partidos anula la posibilidad de que nuestros representantes nos representen como ciudadanos de una unidad política del estado llamada provincia de Huelva.

La aparición de partidos que basan su programa en propuestas de gran peso específico en el ámbito territorial parece la solución para que estos desequilibrios desaparezcan. En estas elecciones es llamativo el diputado conseguido por la formación Teruel Existe, que ha hecho que muchas miradas de onubenses se dirijan con curiosidad hacia esa provincia aragonesa.

Teruel existe ha despertado el lado más reivindicativo de una población con un alto porcentaje de indignados por un trato discriminatorio hacia nuestra provincia en lo que respecta a sanidad, infraestructuras, seguridad, etc. Incluso han aparecido en redes sociales algunos conatos de debate sobre la posibilidad de crear una organización política denominada “Huelva Existe”.

La aparición en Huelva de una opción de este tipo parece fundamentada y fundamental. El hartazgo con el gobierno central y la Junta de Andalucía no entiende de colores en nuestra provincia. La disciplina de partido, como decíamos, inhibe cualquier posibilidad de que Huelva salga del ostracismo político, pero la falta de alternativas nos llevan a unas urnas a depositar un voto exclusivamente ideológico, convencidos de que nada cambiará en lo que se refiere a problemas exclusivos de Huelva.

“Huelva Existe” entregaría al ciudadano una opción para subsanar la falta de representación territorial de nuestra provincia en un parlamento dominado por la disciplina de partido. Pero ojo, este ciudadano debe desprenderse de su “necesidad” de emitir un voto ideológico. Y aquí está la encrucijada.

Un movimiento político exclusivamente territorial en Huelva es imposible desde el instante en que tendrá en sus filas y entre sus líderes a personas con ideología. Nadie es onubensista a secas. Además de esto, que podría alejar a los votantes que no se identifiquen ideológicamente con los líderes, está el hecho de que todo votante que apoyase a una candidatura así, al mismo tiempo retiraría su voto de una que le representa ideológicamente, con lo que sabe que debilitaría a la opción política que le parece más coherente para los temas que afectan a todo el país. El voto útil, o ver su voto apoyando un gobierno de una ideología distinta a la suya son opciones que una candidatura de estas características deberá superar en la cabeza de los electores, y eso necesita seriedad y mucho trabajo.

El sentimiento territorial tampoco es el mismo en la capital que en el Andévalo, o la Sierra, o el Condado, o la Costa occidental, o la Cuenca Minera. Esta opción debe conocer las necesidades de estas zonas, tener a miembros de sus localidades en su seno, y proponerles cosas que realmente vendrían a mejorar sus vidas.

“Huelva Existe”, o como quisiera que se llamase esta opción si apareciese, no puede nacer de la noche a la mañana, no. Necesita recorrer un camino previo de éxito que lo enlace con la sociedad civil onubense. No puede ser una simple opción política con un programa y una papeleta, porque eso solo es papel. Debe tener una vida previa con hechos reales antes de llegar a las urnas; y por supuesto, debe tener un discurso y una actividad que se dirija al cerebro de los onubenses y no a su corazón, cosa compleja si se habla de territorio, pero no imposible.

Huelva precisa que sea defendida en el parlamento. Ojalá los grandes partidos fuesen capaces de cambiar, pero en vista de que eso es imposible, la puerta a un partido de ámbito provincial la han abierto y la mantienen abierta ellos. Si alguien decide cruzarla, esperemos que sea gente seria.

Narciso Rojas.

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Monumentos a la afición

En diciembre se cumplirá un año del anuncio por parte del Ayuntamiento de Huelva del acuerdo al que había llegado con el Trust de aficionados recreativistas y la Federación de Peñas para realizar una modificación de los estatutos del Real Club Recreativo de Huelva que proporcionase capacidad de decisión en algunos aspectos de la gestión del Decano a la afición. Además, este cambio estatutario, recoge la creación de una asamblea consultiva de aficionados, sin carácter vinculante pero a la que los órganos de gobierno del Recre deberán informar, al menos anualmente, y previa realización de operaciones de enajenación de propiedades del Club.

Este cambio en los estatutos es un paso hacia la democratización del Decano que debe de estar a punto de convertirse en una realidad legal –siendo ya un compromiso político- mediante su aprobación en una junta de accionistas.

Es una deuda que el Ayuntamiento tenía con los aficionados que consiguieron recaudar una gran parte del millón de euros que se necesitó para salvar al Recre del descenso a tercera y la desaparición.

Este cambio estatutario, la futura supresión de la deuda económica con la afición con la entrada de esta en el accionariado, y el monumento que se proyecta para la celebración del 130 aniversario son el mejor homenaje que nos podemos hacer en Huelva a nosotros mismos después de conseguir lo que en 2014 nos hubiese parecido un milagro.

Mirar hacia atrás y vernos con la soga al cuello, maniatados por Hacienda (lógicamente) y por un propietario que ya los juzgados han descrito con claridad en dos sentencias (y las que llegarán), y recordarnos a nosotros mismos y lo que pensábamos por aquel entonces es un ejercicio necesario para, por comparación, terminar valorando el punto al que hemos llegado.

De ser propiedad de Comas a ser propiedad de la ciudad; de una afición que no contaba para nada a ser el primer club SAD que inserta a esta en sus estatutos para darles voz y voto; de no pagar ni la lavandería a pagar nóminas religiosamente el 25 de cada mes.

No sé el que lee esto qué sentirá. Yo lo tengo claro. Queda camino por recorrer, pero lo andado es magnífico, y el rumbo parece el adecuado. Si antes de inaugurar el monumento a la afición se ha aprobado el cambio en estatutos en Junta de Accionistas, yo, como aficionado de infantería, estaré allí el primero.

Seguimos.

PD: El próximo, una estatua homenaje a  W. A. Mackay, por favor.

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Huelva empieza hoy

La manifestación de hoy no debe ser el final de un camino. Tampoco debe ser un hecho aislado. Debe ser el inicio de algo que va a ser duradero.

Hoy, los onubenses, debemos irnos a casa muy enfadados.

La manifestación de esta tarde debemos convertirla en un agrupamiento de las tropas para el inicio de una guerra que va a ser larga.

Si queremos conseguir lo que queremos y merecemos por justicia histórica, debemos convertirnos en un pueblo incómodo para el gobernante. Los que mandan deben tener claro que en nuestra ciudad tienen abierto un frente de batalla, tienen un problema grande que, o resuelven, o les va a costar caro.

Mientras no entendamos esto, la manifestación de hoy será un acto vacío.

Nadie nos va a construir una estrategia de guerra, tiene que salir de nosotros. Una estrategia en la que lo de esta tarde no sea más que una pieza más, fundamental pero inútil si no le siguen más acciones. Huelva necesita un movimiento ciudadano libre de ataduras políticas, que vaya con todo contra todos, y que sea capaz de organizarse para arrostrar una lucha que se va a alargar en el tiempo.

Debemos ser resistentes, no desfallecer y golpear hasta que el país al que pertenecemos gire su mirada hacia el suroeste. Sólo con el convencimiento de que lo que pedimos es justo, y con el conocimiento por parte de todos de que esto va a ser muy largo, seremos capaces de construir un “ejército” ciudadano dispuesto a dar la cara sin descanso hasta la victoria.

La manifestación de hoy es solo el principio. Si nos volvemos hoy a casa enfadados y al mismo tiempo satisfechos de nosotros mismos habremos fracasado.

Los onubenses tenemos la obligación moral de enfrentarnos a una injusticia histórica si queremos dejar una provincia con más oportunidades para nuestros hijos y nietos.

Empezamos hoy. Nos vemos en las calles.

 

 

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